San Barsanufio y San Juan “Sobre la lucha contra las pasiones sexuales”

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San Barsanufio y San Juan

“Sobre la lucha contra las pasiones sexuales”

 

 

La pregunta de abba Doroteo al gran anciano:

P.: Estoy siendo fuertemente atacado por la pasión sexual, y temo que pueda caer en el desaliento y que por esta debilidad de mi cuerpo, no vaya a ser capaz de contenerme. Rece por mí, por amor de Dios, y dígame, oh padre, ¿qué puedo hacer?

R.: Hermano. El diablo, por envidia, ha levantado una guerra contra ti. Protege tus ojos y no comas hasta saciarte. Toma un poco de vino por causa de la enfermedad del cuerpo que padeces. Y revístete con la humildad, pues desgarra todas las redes del enemigo. Y yo, que no soy nada, haré lo que pueda y suplicaré a Dios para que te libre de toda tentación y te proteja de todo mal. No cedas a los enemigos, oh hermano, y no te entregues al desaliento, porque esto es una gran alegría para el enemigo. Ora sin cesar, diciendo: “Señor Jesucristo, líbrame de mis pasiones vergonzosas”, y Dios tendrá misericordia de ti, y recibirás la fuerza por la intercesión de los santos. Amén.

P.: El mismo hermano, siendo atacado por la misma pasión sexual, suplicó al mismo anciano que rezara por él y le dijera cómo distinguir si un hombre está siendo tentado por sus propios deseos o por el enemigo.

R.: Hermano. Sin trabajo y contrición de corazón, nadie puede ser liberado de las pasiones y agradar a Dios. Cuando un hombre es tentado por su propia concupiscencia, esto puede deberse a que es descuidado consigo mismo y permite a su corazón contemplar lo que ha hecho antes, y así, un hombre atrae sobre sí mismo la pasión por medio de su propia concupiscencia. Su mente, siendo cegada poco a poco por la pasión, empieza, de forma imperceptible, a prestar atención a alguien por el que se siente atraído, o a hablar con esa persona, y encuentra ocasiones en las que hablar con ella o sentarse con ella, y en todos los medios se esfuerza por llevar a cabo su deseo. Si uno permite que los pensamientos presten atención a esto, se incrementará la guerra hasta caer, aunque no en el cuerpo, sino en el espíritu, de acuerdo con los pensamientos, y finalmente un hombre enciende el fuego en su propia sustancia. Pero un hombre sobrio y prudente que desea ser salvado, cuando ve de qué sufre daño, se preserva cuidadosamente de malos recuerdos, no se introduce en pensamientos apasionados, evita reuniones y conversaciones con aquellos por los que siente atracción y evita cualquier ocasión de pecado, temiendo que él mismo pueda encender el fuego en su interior. Esta es la guerra que procede de la propia lujuria, la que un hombre lleva en sí mismo…

Domestica tu corcel con la brida del conocimiento, no sea que, mirando aquí y allá, seas enardecido por la lujuria hacia mujeres y hombres, y tires al jinete al suelo. Ruega a Dios, para que pueda apartar tus “ojos para que no miren la vanidad” (Salmos 118:37). Y cuando adquieras un corazón valiente, la guerra se apartará de ti. Límpiate a ti mismo, así como el vino limpia las heridas, y no permitas que el hedor y la suciedad se acumulen en ti. Adquiere el llanto, para que puedas despojarte de la libertad (lo disoluto) en tus relaciones, pues destruye las almas que la adoptan. No te deshagas de la herramienta con la que la fértil tierra no puede ser trabajada. Esta herramienta, creada por el gran Dios, es la humildad; desarraiga toda la cizaña del campo del Amo y concede la gracia a los que moran en él. La humildad no desaparece, sino que hace levantarse de una caída a los que la poseen. Ama llorando con todo tu corazón, pues esto también es un colaborador en esta buena obra. Trabaja en todo para eliminar tu propia voluntad, pues esto se cuenta en el hombre como un sacrificio. Esto es lo que se quiere decir cuando se expresa: “Mas por tu causa somos ahora carneados cada día, tenidos como ovejas de matadero” (Salmos 43:23). No te debilites por las conversaciones, porque no te permitirán que prosperes en Dios. Refrena con firmeza los órganos de los sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto, y serás prosperado por la gracia de Cristo. Sin tortura, nadie es un mártir, como también dice el Señor: “En vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lucas 21:19), y también dice el apóstol: “en mucha paciencia, en tribulaciones” (2ª Corintios 6:4).

P.: Ruega por mí, oh padre, pues soy perturbado por pensamientos carnales, por el desaliento y el miedo, y un pensamiento me dice que debo conversar con una persona por la que me siento atraído cuando la veo, no sea que por mi silencio, le dé ocasión para sospechar. Siento también que los demonios están, de alguna forma, presionándome, y yo caigo en el terror.

R.: Hermano. Aún no estás instruido en la guerra contra el enemigo, y por eso te viene el temor, el desaliento y el pecado sexual. Enfréntate a ellos con un corazón firme, pues los luchadores, a menos que trabajen, no son coronados, y los guerreros, a menos que muestren al Rey su habilidad en la batalla, no serán dignos de honor. Recuerda cómo era David. También deberías decir: “Escrútame, oh Dios, y sondéame; acrisola mi conciencia y mi corazón” (Salmos 25:2, Straubinger). Y de nuevo: “Si un ejército acampase contra mí, mi corazón no temería; y aunque estalle contra mí la guerra, tendré confianza” (Salmos 26:3, Straubinger). Del mismo modo, con relación al miedo: “Aunque atraviese un valle de tinieblas, no temeré ningún mal, porque Tú vas conmigo” (Salmos 22:4, Straubinger). Y con relación al desaliento: “No dejes tu lugar si la ira del que manda se enciende contra ti” (Eclesiastés 10:4, Straubinger). ¿No deseas ser experto? Pues un hombre que no es probado por la tentación, no es experto. Es la batalla la que hace al hombre experto. El trabajo de un monje consiste en soportar batallas y enfrentarlas con valentía de corazón. Pero puesto que no conoces las astutas trampas del enemigo, él te asediará con pensamientos temerosos y debilitará tu corazón. Debes saber que Dios no permitirá que se te ataque con batallas y tentaciones por encima de tus fuerzas, y el apóstol también nos enseña esto, diciendo: “Y Dios es fiel y no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas” (1ª Corintios 10:13). Hermano. Yo también, en mi juventud, fui tentado muchas veces y de forma violenta, por el demonio del pecado sexual, y trabajé contra tales pensamientos, luchando con ellos, no aceptándolos, presentando ante mí mismo la tortura eterna. Durante cinco años actué así todos los días, y Dios me libró de estos pensamientos. Esta guerra es abolida por la oración incesante y por el llanto. Y de hecho, los demonios que te presionan proceden de tu envidia, y si pudieran, también te perseguirían fuera de tu celda, pero Dios no permite que tomen posesión de ti, pues no tienen autoridad para ello. Dios te liberaría rápidamente, pero entonces no podrías oponerte a otras pasiones (cuando llegaran). Que los demonios no te debiliten para que vuelvas tu atención a dicha persona, o para que converses con ella, pero si independientemente se reúne contigo, en contra de tu deseo, restringe su mirada con temor y decencia, y no escuches con atención su voz. Y si esa persona, por ignorancia, empieza a hablar contigo o se sienta junto a ti, evítala con destreza, pero no repentinamente, mas siempre con buen decoro. Di a tus pensamientos: “Acuérdate del terrible juicio de Dios y la vergüenza que sobrevendrá sobre los que se sientan atraídos por estas pasiones vergonzosas”. Obliga a tu pensamiento, y recibirá ayuda mediante las oraciones de los santos, y Dios tendrá misericordia de ti. No seas un niño en mente, sino “niños en la malicia” (1ª Corintios 14:20), y serás perfecto en tu mente, hermano mío. Presta atención a ti mismo, sobre cómo te encontrarás con Dios. Si deseas ser liberado de las pasiones vergonzosas, no te comportes con nadie con familiaridad, especialmente con aquellos a quienes se inclina tu corazón por medio de una concupiscente pasión, pues por medio de esto, también serás entregado a la vanagloria. Pues la vanagloria participa de agradar a los hombres, y agradándolos, también se involucra un comportamiento de familiaridad, y la familiaridad es la madre de todas las pasiones.

P.: ¿Qué debo hacer, padre? Sufro por las pasiones sexuales.

R.: Tanto como puedas, agótate, pero según tus fuerzas, y no tengas esperanza en esto, sino en el amor de Dios y en su protección, y no te entregues al desaliento, pues el desaliento es el comienzo de todos los males.

P.: ¿Qué significan las palabras que has dicho: “Vigila que no seas atraído por los pensamientos de los pecados sexuales”?

R.: Esto tiene que ver no sólo con lo que respecta a la pasión sexual, sino también con otros casos. La mente se somete a ella como una consecuencia de la distracción, y cuando esto sucede, el hombre debe clamar a Dios, diciendo: “¡Oh Señor, perdóname por tu santo nombre. He sido sometido a esto por culpa de mi negligencia. Líbrame de la distracción y de la red del enemigo, porque tuya es la gloria por siempre. Amén!”. Y que lo siguiente sea para ti una señal por la que puedas saber que te dejas arrastrar: si alguien habla con otros y su mente se distrae, aquí y allá, sucederá que cuando hable de algo su pensamiento pasará a algo diferente, y por eso su mente se alejará. Del mismo modo, si alguien está haciendo algo y pasa con su pensamiento a otra cosa, por su carente memoria se arruinará lo que estaba haciendo o hará más de lo necesario, y esto es lo mismo que ser arrastrado. De la misma forma, nos aleja un pensamiento sexual. Si sucede que alguien está hablando con otros, y el enemigo tiene éxito en el trabajo de alejar su mente de la agradable sobriedad de Dios, entonces, como consecuencia de la distracción, aparecerá en la mente el deseo sexual. Y esto también es un aviso, ya que se ha producido, no por la reflexión o el recuerdo, sino porque un hombre ha sido atraído a él por su olvido. Tal persona es como un viajero que, a causa de la pena que lo acompaña, se aleja del camino recto y se desvía hacia otro. Pero volviendo en sí, un hombre tiene que centrarse en sí, de acuerdo con lo que se ha dicho antes, y acercarse a la misericordia de Dios. El Señor es misericordioso y lo aceptará como al hijo pródigo. Pero cuando surja esta guerra en la mente, incluso sin distracción, debes ser sobrio, no deleitándote en tales pensamientos, no ensuciándote con ellos, sino más bien, apresúrate cuanto antes a la ayuda y misericordia de Dios.

 

 

De “Los santos Barsanufio y Juan: guía hacia una vida espiritual”, traducido por Serafín Rose (Platina, California; St. Herman of Alaska Brotherhood, 1990), pp. 71-76, 113, 126-127).

 

Traducido por psaltir Nektario B.

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Categorías:Santos padres de Óptina

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