Escritos de San Nectario de Egina

St.-Nektarios-last-liturgy

San Nectario de Egina celebrando su última liturgia

San Nectario de Egina 9/22 de Noviembre

El cristianismo

La religión cristiana no es un sistema filosófico sobre el cual los eruditos y los instruidos en estudios metafísicos discuten y más tarde adoptan o rechazan, según sus propias opiniones. Es la fe, establecida en las almas de los hombres, la fe que debe ser extendida a todos y guardada en las conciencias.

Hay verdades en el cristianismo que están fuera del alcance de la comprensión intelectual, que no pueden ser comprendidas por la inteligencia limitada del hombre. Nuestra inteligencia toma conocimiento de ellas, se convence de su realidad y testifica sobre su existencia sobrenatural.

El cristianismo es una religión de revelación. El Divino desvela su gloria solamente a los que se perfeccionan por la virtud. El cristianismo enseña la perfección por la virtud y pide que sus fieles sean santos y perfectos. Desaprueba y se opone a los que están bajo la influencia de la imaginación. El que es verdaderamente perfecto en la virtud sobrepasa, con la ayuda divina, la carne y el mundo y entra verdaderamente en otro mundo, un mundo espiritual; sin embargo, no por la imaginación, sino por el don de la gracia divina. Sin gracia, sin revelación, ningún hombre, incluso el más virtuoso, puede trascender la carne y el mundo.

Dios se revela a sí mismo a los humildes que viven según la virtud. Los que se alzan con las alas de la imaginación emprenden el vuelo de Ícaro y tienen el mismo fin. Los que se alimentan de fantasías no rezan, pues el que reza eleva su espíritu y su corazón hacia Dios, mientras que el que se vuelve hacia la imaginación se pierde a sí mismo. Los que están dominados por su imaginación se extravían de la gracia de Dios y del reino de la revelación divina. Han abandonado el corazón, donde la gracia se revela, y se han hecho esclavos a sí mismos de la imaginación, la cual está desprovista de toda gracia. Solo el corazón recibe el conocimiento de las cosas que no son apreciadas por los sentidos, porque Dios, que mora y obra en el interior del corazón, habla en él y le hace ver la sustancia de las cosas esperadas.

Busca a Dios todos los días. Pero búscalo en tu corazón, no en el exterior. Y cuando lo encuentres, guárdalo con temor y temblor, como los querubines y los serafines, pues tu corazón es convertido en el trono de Dios. Sin embargo, para encontrar a Dios, hazte humilde como el polvo ante el Señor, pues el Señor no soporta al orgulloso, mientras que visita a los que son humildes en su corazón, y he aquí porqué dice: “Al que yo mire, es al que es dulce y humilde de corazón”.

La luz divina ilumina el corazón puro y el intelecto puro, pues son aptos para recibir la luz, mientras que los corazones y los intelectos impuros, no siendo aptos para recibir la iluminación, tienen aversión a la luz del conocimiento, la luz de la verdad: aman la oscuridad… Dios ama a los que tienen un corazón puro, escucha sus oraciones, accede a sus peticiones que conducen a la salud, se revela a ellos y les muestra los misterios de la naturaleza divina.

La Iglesia

El término “Iglesia”, según la mirada ortodoxa estricta, tiene dos significados: uno de ellos expresa su carácter doctrinal y religioso, es decir, su esencia interior, personal y espiritual, y el otro expresa su carácter externo. Así, según la confesión ortodoxa, la Iglesia es definida de una forma doble: como institución religiosa y como comunidad religiosa (koinonia).

La definición de la Iglesia como institución religiosa puede ser formulada así: la Iglesia es una institución religiosa divina del Nuevo Testamento, fundada por nuestro Salvador Jesucristo, por la economía de su Encarnación, establecida sobre la fe en Él y la verdadera confesión, e inaugurada el día de Pentecostés por el descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos y apóstoles de Cristo el Salvador, que los hizo instrumentos de la gracia divina para la perpetuación de su trabajo redentor. En esta institución está confiada la totalidad de las verdades reveladas; en el interior de ella obra la gracia divina por los Misterios (sacramentos); en ella son regenerados los que, con fe, se acercan a Cristo; en ella son preservadas la enseñanza y la tradición apostólica escrita y no escrita.

La definición de la Iglesia como comunidad religiosa puede ser formulada así: la Iglesia es una sociedad de hombres unidos en la unidad del Espíritu, con el lazo de la paz.

En un sentido cristiano más amplio, la Iglesia es la comunidad de todos los seres racionales y libres que creen en el Salvador y que comprende a los ángeles. Esta comunidad, como lo dice el apóstol Pablo, es el cuerpo de Cristo, la plenitud del que lo llena todo en todos (Efesios 1:10,20-23); esta comunidad incluye igualmente a los que han creído en Cristo antes de su venida y que constituyeron la Iglesia del Antiguo Testamento. Esta Iglesia fue guiada, durante el período de los patriarcas, por las promesas y la fe basadas en la revelación, y durante el período de Moisés y de los profetas, por la ley y las profecías.

La visión correcta de la Iglesia distingue entre la Iglesia combatiente y la Iglesia triunfante. La Iglesia es combatiente en tanto que lucha contra la maldad por el reino del bien, y es triunfante en el cielo, allí donde moran los coros de los justos que han luchado y se han hecho perfectos en la fe en Dios y en la virtud.

La tradición

La Tradición sagrada es la Iglesia misma; sin Tradición sagrada la Iglesia no existe. Los que niegan la Tradición de la Iglesia niegan la Iglesia y la predicación de los apóstoles.

Antes de la redacción de las Santas Escrituras, es decir, de los textos sagrados del Evangelio, de los Hechos y de las Cartas de los apóstoles, y antes de que hubieran sido dispersadas a las Iglesias del mundo, la Iglesia se basaba en la santa Tradición.

Los padres de la Iglesia consideran la Tradición como la guía segura en la interpretación de las Santas Escrituras y absolutamente necesaria para comprender las verdades que contienen.

La Iglesia recibió mucho de las tradiciones de los apóstoles… La constitución de los oficios, particularmente de la Divina Liturgia, los santos misterios mismos y la forma de ejecutarlos, ciertas oraciones y otras instituciones de la Iglesia se remontan a la Tradición sagrada de los apóstoles.

En sus cánones, los santos concilios toman no solamente las Santas Escrituras, sino igualmente la Tradición sagrada como una fuente pura. Así, el Séptimo Concilio Ecuménico dice en su octavo canon: “Si alguien viola cualquier parte de la Tradición de la Iglesia, escrita o no escrita, sea anatema”.

Descubrir a Dios

El corazón puro percibe a Dios y lo descubre, mientras que el corazón fatuo no lo ve, incluso cuando se le indica.

Es evidente que la incredulidad es un fruto malvado de un corazón malvado; el corazón puro y sin argucia descubre a Dios en todo, lo discierne en todo, y cree siempre sin dudar en su existencia. Cuando el hombre de corazón puro ve el mundo de la naturaleza, es decir, el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas, y observa los sistemas que los constituyen, la multitud infinita de estrellas en el cielo, la innumerable cantidad de pájaros, de cuadrúpedos y de toda especie animal sobre la tierra, la variedad de plantas, la abundancia de los peces del mar, queda inmediatamente estupefacto y clama con el profeta David: ¡Cuán variadas son tus obras, oh Señor! Todo lo hiciste con sabiduría” (Salmos 103:24). Tal hombre, impulsado por un puro corazón, descubre a Dios igualmente en la gracia de la Iglesia de la cual, el hombre de malvado corazón se aleja. El hombre de puro corazón cree en la Iglesia, admira su vida espiritual, descubre a Dios en los misterios, en las alturas de la teología, en la luz de las revelaciones divinas, en las verdades de las enseñanzas, en los mandamientos de la ley, en el cumplimiento de los santos, en la buena obra, en cada don perfecto, y en general en la totalidad de la creación. Es justa, pues, la palabra del Señor en sus Bienaventuranzas con relación a los que tienen el corazón puro: “Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios” (Mateo 5:8).

El conocimiento de sí mismo

El conocimiento de sí mismo es el primer deber del hombre. El hombre, como ser racional, que goza de la libertad y siendo religioso, es un ser superior y fue destinado a ser como Dios, a cuya imagen fue creado, y es un participante de la bondad y la santidad divinas. Pero a fin de ser semejante a Dios, bueno y santo, y de comulgar con Él, el hombre debe, en principio, conocerse. Sin el conocimiento de sí mismo, el hombre se extravía en sus pensamientos, está dominado por diversas pasiones, es tiranizado por violentos deseos, se preocupa mucho con relación a las cosas vanas, y lleva una vida desordenada y distraída, errando en todo, tropezando a cada paso, y tropieza y cae, y es pisoteado. Cada día bebe el brebaje del dolor y de la amargura, llena su corazón de pena y amargura y vive una vida miserable.

El que no se conoce a sí mismo tampoco conoce a Dios. Y el que no conoce a Dios no conoce la verdad y la naturaleza de las cosas en general… El que no se conoce a sí mismo peca continuamente contra Dios y se aleja continuamente cada vez más lejos de Él. El que no conoce la naturaleza de las cosas y lo que son verdaderamente en sí mismas es incapaz de evaluar según su verdadero valor y distinguir entre lo que es vil y lo que es precioso, entre lo que no tiene valor y el objeto valorado. Por eso tal persona se pierde a si misma por la búsqueda de cosas vanas e insignificantes, y es despreocupado e indiferente con las cosas eternas y preciosas. El hombre debe desear conocerse a sí mismo, conocer a Dios, y comprender la naturaleza de las cosas tal y como son en sí mismas, y ser así la imagen y semejanza de Dios.

El que se conoce, conoce sus deberes consigo mismo, con respecto a Dios, su prójimo, y sabe que la piedad, la justicia, la verdad y el conocimiento deben ser para él, la medida de todos sus actos, los que conciernen a Dios, a su prójimo y a sí mismo… El que se conoce no se jacta, no se enorgullece, sino que ante todo conoce sus propias debilidades y sus faltas, se compara constantemente al prototipo ideal, hacia el cual debe dirigirse, siendo consciente de la distancia que le queda aún por recorrer.

El hombre

El hombre es un ser compuesto, hecho de un cuerpo terrestre y un alma celeste… El alma está estrechamente unida al cuerpo, y por tanto completamente independiente de él.

La existencia y la racionalidad del alma son testificadas por la conciencia, la conciencia de sí mismo, la perspicacia, la observación de sí mismo, las ideas, las aspiraciones espirituales, el amor a lo bello, al bien, a la verdad, a lo saludable, la aversión al mal, la distinción del bien y del mal y cualquier otra actividad espiritual.

El hombre no es solamente razón sino igualmente corazón. Los poderes de estos dos centros se ayudan mutuamente el uno al otro, hacen al hombre perfecto y le enseñan lo que no podría aprender nunca por la sola razón. Si la razón enseña sobre el mundo natural, el corazón nos enseña sobre el mundo sobrenatural… El hombres es perfecto cuando ha desarrollado a la vez su corazón y su intelecto; el corazón se desarrolla gracias a la religión revelada.

El hombre fue creado como ser religioso y social; estas dos son las características esenciales del hombre y virtudes inherentes en él. Su sociabilidad se hace absolutamente necesaria para su conservación, su desarrollo y su avance, mientras que su religiosidad es una consecuencia de su racionalidad, de su libre albedrío y de su adiestramiento de sí mismo.

Sin la religión, el hombre es un misterio incomprensible. Su existencia en la tierra como ser racional que tiene un libre albedrío y como ser autónomo está, sin la religión, vacía, porque la razón sin principios morales se convierte en un medio de corrupción de la imagen divina, un medio para destruir la belleza, el bien y lo verdadero. Sin religión el hombre se hace un poder antagonista, oponiéndose a la voluntad de Dios y combatiendo las leyes según las cuales el universo es conducido a un fin pre-ordenado.

La inmortalidad del alma

El alma racional del hombre tiene aspiraciones sobrenaturales e infinitas. Si el alma racional dependiera del cuerpo y muriera con el cuerpo, debería estar necesariamente sometida al cuerpo y seguirlo en todos sus apetitos. La independencia habría sido contraria a las leyes de la naturaleza y la razón, porque enturbia la armonía entre el cuerpo y el alma. Como dependiente del cuerpo, debería estar sometida al cuerpo y seguirlo en todos sus apetitos y deseos, mientras que, por el contrario, el alma amaestra al cuerpo, impone su voluntad al cuerpo. El alma subyuga y limita los apetitos y las pasiones del cuerpo, y los dirige según su voluntad. Este fenómeno se presta a la atención de cada hombre racional y el que es consciente de su propia alma racional es consciente del dominio del alma sobre el cuerpo.

El dominio del alma sobre el cuerpo está demostrado por la obediencia del cuerpo cuando es conducido con abnegación al sacrificio por las ideas abstractas del alma. El dominio del alma por el predominio de sus principios, ideas, y miras habría sido enteramente incomprensible si el alma muriera con el cuerpo. Pero un alma mortal no sería nunca elevada a tal altura, no sería condenada por sí misma a la muerte con el cuerpo por el predominio de las ideas abstractas que carecen de significación, ya que ninguna idea noble, ningún pensamiento noble y valiente tiene significación para un alma mortal. Un alma, pues, que es capaz de tales cosas, debe ser inmortal.

La vida después de la muerte

Los padres de la Iglesia Ortodoxa, teniendo las santas Escrituras por fundamento, enseñan que los que mueren en el Señor van a un lugar de reposo, según el texto del Apocalipsis: “¡Bienaventurados desde ahora los muertos que mueren en el Señor! Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos, pues sus obras siguen con ellos” (Apocalipsis 14:13). Este lugar de reposo es visto como el paraíso espiritual, donde las almas de los que han muerto en el Señor, las almas de los justos, gozan de las bendiciones del reposo, esperando el día de la recompensa y del premio de la santa llamada de Dios en Jesucristo.

Sobre los pecadores, enseñan que sus almas descienden al Hades, allí donde está el sufrimiento, el dolor y el gemido, esperando el día temible del Juicio.

Los padres de la Iglesia Ortodoxa no admiten la existencia de otro lugar intermedio entre el paraíso y el hades, ya que tal lugar no es mencionado en las santas Escrituras.

El juicio parcial, al que todos los hombres son sometidos tras la muerte, no es de ninguna manera un juicio completo y final. Así es como todos esperan a otro juicio, que será completo y final. En el juicio parcial, solamente el alma del hombre recibe su retribución, y no el cuerpo, aunque el cuerpo haya compartido con el alma sus actos, buenos y malos. Tras el juicio parcial, los justos en el cielo y los pecadores en el hades tienen solamente una prueba de la bienaventuranza o de los castigos que merecen. Luego, tras este juicio parcial, algunos pecadores serán aliviados del castigo y liberados del sufrimiento del hades, no a causa de sus propios hechos, sino por la oración de la Iglesia.

Su separación de Dios es el más doloroso de los sufrimientos de los pecadores, porque son privados de la participación en el Reino del cielo, de la bienaventuranza de los justos, y son expulsados a un estado de oscuridad. Además, prueban los remordimientos de su conciencia que, siendo expuestos contra sus pecados, los atormentan sin cesar como el gusano que no muere (Marcos 9:44), y están en compañía de los espíritus malvados. Se debe afirmar que los sufrimientos de los pecadores en el hades no son ciertamente idénticos para todos, sino que son proporcionales a los pecados de cada uno, como está indica en el Evangelio de Lucas: “Pero aquel servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no se preparó, ni obró conforme a la voluntad de este, recibirá muchos azotes. En cambio aquel que, no habiéndola conocido, haya hecho cosas dignas de azotes, recibirá pocos. A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho le será demandado; y más aún le exigirán a aquel a quien se le haya confiado mucho” (Lucas 12:47-48).

Los santos

Nuestra Iglesia honra a los santos, no como a dioses, sino como siervos fieles, como hombres piadosos y amigos de Dios. Alaba las luchas en las que se han aprestado y las obras que han cumplido para gloria de Dios con la acción de su gracia, de tal forma que todo el honor que la Iglesia les da se traslada al Ser Supremo, que vio sus vidas en la tierra con satisfacción. La Iglesia los honra conmemorándolos anualmente con celebraciones públicas y con la construcción de iglesias en honor a su nombre.

Los santos hombres de Dios, que han sido manifestados en la tierra por el Señor, han sido honrados por la Iglesia santa de Dios desde el principio en que fue fundada por Cristo el Salvador.

El honor dado a los santos es dictado por un sentimiento religioso elevado y por el ardor divino de un corazón fiel a Dios y que lo ama. Es una manifestación de la aspiración divina que lo llena para glorificar a Dios, mientras que Él, glorifica a su Iglesia militante. El honor dado da los santos es una expresión del amor de los fieles por ellos, considerando sus virtudes sublimes y sus grandes luchas, por las cuales han recibido la corona de la gloria imperecedera. El honor dado a los santos es una confirmación del amor que arde en nuestra alma para ascender a la altura de sus virtudes, que permanecen como ejemplos eternos para nosotros. El honor dado a los santos es un deber moral con respecto a ellos, por los beneficios que nos conceden. La negligencia de dar el honor y la veneración debida a los santos de Dios es impiedad, ingratitud e indiferencia, e indica una falta de aspiración a la perfección en la virtud.

Según la Tradición ortodoxa, la idea misma de la Iglesia contiene el dogma de la intercesión de los santos. Este dogma, universal en la Iglesia primitiva, era mantenido desde los orígenes como verdad cierta y siempre ha sido mantenido a lo largo de los siglos.

Invocando la intercesión de los santos, la Iglesia cree que los santos, que son interventores con el Señor por la paz del mundo y por la estabilidad de las santas Iglesias de Cristo, no cesan de interceder en la Iglesia celeste y triunfante. Escuchan las súplicas que les dirigimos y oran al Señor, siendo portadores de la gracia y de la misericordia del Señor.

El arrepentimiento

Dos factores están implicados en la salud del hombre: la gracia de Dios y la voluntad del hombre. Los dos deben funcionar juntos, para que la salud sea alcanzada.

La gracia no es saludable sin el consentimiento del hombre. Se debe volver al Señor su Dios y arrepentirse de los pecados. La gracia no desciende sobre el que está sometido al pecado, porque no hay ninguna comunión entre la luz y la oscuridad. A fin de salvar al hombre, la gracia debe encontrarlo puro, pues no se trata solamente de liberar al hombre de la esclavitud del diablo, sino también de la reconciliación con Dios, de la comunión con Él, de la edificación del hombre. Por esta razón, el bautismo del arrepentimiento (metanoia) es necesario, así como la pureza de vida y la preparación moral. El libre consentimiento del hombre es necesario, su movimiento espontáneo hacia Dios, su voluntad de volver a Dios, su entrada en el baño de la regeneración, a fin de ser lavado, santificado y salvado.

La penitencia es un Misterio por el cual, el que se arrepiente de sus pecados los admite a un padre espiritual nombrado por la Iglesia, que ha recibido la autoridad para perdonar los pecados. Recibe de este padre espiritual la remisión de sus pecados y es reconciliado con Dios, contra quien ha pecado.

El arrepentimiento es un baño que lava los pecados. Es un regreso de un estado contrario a la naturaleza a un estado según la naturaleza, del diablo a Dios, por la aspiración espiritual y los arduos esfuerzos. Es un regreso voluntario de la ofensa a lo que es bueno, y de lo que es contrario a la ofensa.

El arrepentimiento significa pesar, cambio de espíritu. Las señales de distinción del arrepentimiento son la contrición, las lágrimas, la aversión al pecado y el amor al bien.

La virtud

Debemos hacer todo lo que podamos para adquirir la virtud y la sabiduría moral (phronesis), pues el premio es hermoso y la esperanza grande.

La vía de acceso a la virtud es una vía de esfuerzo y trabajo: “Porque angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran” (Mateo 7:14), mientras que la puerta del vicio es amplia y el camino espacioso, pero conduce a la perdición.

La virtud es la realización de la ley divina. San Basilio el Grande escribe: “La virtud es la acción de evitar el mal y hacer el bien”. El que participa en la verdadera virtud participa de Dios mismo, porque Dios es enteramente virtud. San Basilio dice: “De todas nuestras posesiones, la virtud es la única que no puede ser quitada; la virtud permanece con nosotros en esta vida y después de la muerte”.

La fe la esperanza y la caridad son los mandamientos esenciales que Jesús nos ha enseñado. Son las virtudes fundamentales del cristianismo, reveladas al mundo por Dios. La fe es la fuente primera de la virtud y la fuerza. La esperanza es consuelo, alivio, sostén de los que se afligen, arrancándolos del abismo de la desesperación, y un alejamiento del alma sobrecargada por el peso de las injusticias del mundo y de las desgracias pesadas y violentas: “Venid a Mí todos los agobiados y los cargados, y Yo os haré descansar” (Mateo 11:28). El amor es el lazo que unifica la sociedad y la fraternización de toda la humanidad. Es el fundamento de la bondad de los hombres así como de todas las virtudes. Es la escalera que eleva al hombre a la perfección, transformándolo en imagen y semejanza de Dios.

El amor de Dios es conocimiento de Dios, pues el que ama, ama lo que conoce, y es imposible amar a lo que es desconocido. El amor de Dios expresa el deseo de estar unido a Él como suprema bondad.

El ejercicio espiritual

El perfeccionamiento espiritual (pneumatiki gymnasia) es una ascesis para la piedad. Es lo más valioso, “teniendo la promesa de la vida presente y de la venidera” (1ª Timoteo 4:8). Los esfuerzos hechos para adquirir la piedad aportan el gozo espiritual.

Teofilacto indica: “Adiestraos en la piedad, es decir, en la fe pura y en la vida justa. El perfeccionamientos y los esfuerzos continuos son necesarios, pues el que se adiestra se ejercita hasta que transpira, incluso cuando no hay ninguna competición”.

El ayuno, las pruebas y la ascesis en general constituyen el adiestramiento espiritual.

El adiestramiento habitúa a cada uno a ser clemente, templado, amo de su cólera, sometido a sus deseos, realizados de obras de caridad, mostrando amor por el prójimo, practicando la virtud. El perfeccionamiento es una ascesis virtuosa, haciendo la forma de vivir más admirable.

La ascesis es práctica, meditación, perfeccionamiento, dominio de sí mismo, amor al trabajo.

El ayuno

El ayuno es un mandato de la Iglesia, que obliga al cristiano a observar días específicos. Concerniente al ayuno, nuestro Salvador enseña: “Mas tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, a fin de que tu ayuno sea visto, no de las gentes, sino de tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará” (Mateo 6:17-18). De lo que el Salvador enseña aprendemos que el ayuno es agradable a Dios, y que el que ayuna para elevar su espíritu y su corazón a Dios será recompensado por Dios, generoso donador de los dones divinos, por su devoción.

En el Nuevo Testamento el ayuno es recomendado como un medio para preparar el espíritu y el corazón para el culto divino, por la larga oración, para elevarse de lo terrestre y para la espiritualización.

El fin principal del ayuno es espiritual: a fin de proveer una posibilidad y una preparación para los esfuerzos espirituales de oración y meditación en lo divino, por la abstinencia completa de alimento, o la consumación de un alimento crudo o simple. Sin embargo, el ayuno no es de ninguna manera menos beneficioso para la salud física, puesto que el adiestramiento de sí mismo y la simplicidad de vida son condiciones necesarias para la salud y la longevidad.

La atención interior

La atención es el primer maestro de la verdad y en consecuencia, absolutamente necesario. La atención despierta el alma al estudio de sí misma y de sus deseos, para conocer y aprender el verdadero carácter y rechazar los que no son saludables. La atención es el ángel guardián del intelecto, y lo aconseja siempre así: sé atento. La atención despierta el alma, la despierta del sueño… La atención examina cada pensamiento, cada deseo, cada recuerdo. Pensamientos, deseos y recuerdos son engendrados por causas diversas y aparecen a menudo enmascarados y con hábitos espléndidos, a fin de engañar al intelecto no atento y entrar en el alma para dominarla. Solamente la atención puede revelar su forma oculta. A menudo, su disimulo es tan perfecto que el discernimiento de su verdadera naturaleza es muy difícil y exige la mayor atención. Se deben recordar las palabras saludables del Señor: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41). El que está plenamente despierto no entra en tentación, porque está vigilante y atento.

La atención dirige los pensamientos. La atención indica lo que debe ser hecho. La atención conduce a la virtud; la atención protege el carácter, es la única guía segura en la vida; conduce a la bienaventuranza, aun cuando la falta de atención conduce a la desgracia. Observaos y no fracasaréis en la vida. Pablo dice: “Mirad, pues, con gran cautela cómo andáis; no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15-16).

La oración

La verdadera oración se hace sin distracción, es prolongada, ejecutada con un corazón contrito y una mente alerta. El vehículo de la oración es siempre la humildad y la oración es una manifestación de la humildad. Para ser conscientes de nuestra propia debilidad, invocamos el poder de Dios.

La oración une a cada uno a Dios, siendo una conversación divina y una comunión espiritual con el Ser más bueno y más elevado.

La oración es el olvido de las cosas terrestres, un ascenso al cielo. Por la oración huimos hacia Dios.

La oración es verdaderamente una armadura celeste y solo ella puede guardar a los que se han consagrado a Dios. La oración es la medicina común para purificarnos de las pasiones, para buscar protección contra el pecado y sanar nuestras faltas. La oración es un tesoro inagotable, un puerto tranquilo, la base de la serenidad, la raíz y la madre de miles de bendiciones.

Cada cristiano debe saber que si no eleva su espíritu y su corazón a Dios por el ayuno (el ayuno cristiano y no el fariseo) y por la oración, no puede alcanzar una conciencia profunda de su estado de pecador, ni buscar sinceramente la remisión de sus pecados. Es necesario saber que conocemos nuestro pecado solamente en la medida en la que somos iluminados de lo alto, que somos iluminados de lo alto en la medida en la que nuestro espíritu y nuestro corazón se elevan a Dios, y que nos elevamos por la medida en la que el alma se aleja por el ayuno y la oración. El ayuno y la oración son medios de conocimiento de sí mismo, de discernimiento de nuestro verdadero estado moral, de una apreciación precisa de nuestros pecados, y de un conocimiento de su carácter verdadero. Sin el ayuno y la oración nos faltan medios para adquirir este conocimiento y no podemos tener una imagen exacta de nuestros pecados, ni una conciencia perfecta de ellos, ni la contrición del corazón, ni, en consecuencia, una confesión verídica y fructuosa. Puesto que el ayuno cristiano y la oración son el único medio de preparación para una confesión verídica, debemos observar con diligencia estos decretos de la Iglesia, a fin de no fracasar en nuestro fin, sino de tener éxito en el alcance del supremo bien al cual aspiramos.

La santa comunión

El Misterio de la Divina Eucaristía que fue transmitida por el Señor es el más elevado de todos los Misterios; es el más maravilloso de todos los milagros que el poder de Dios ha llevado a cabo; es lo más elevado que la sabiduría de Dios ha concebido; es el más precioso de todos los dones que el amor de Dios ha concedido a los hombres. Todos los otros milagros resultan de la trascendencia de ciertas leyes de la naturaleza, pero el Misterio de la Eucaristía Divina sobrepasa todas estas leyes. En consecuencia, puede ser llamada con justicia, y ser vista como tal, el Milagro de los milagros y el Misterio de los misterios.

¿Quieres participar de las bendiciones concedidas por la divina comunión? ¿Quieres tu salud? Sé un verdadero cristiano, ten temor de Dios, fe en el Misterio de la divina comunión y amor por Dios y por tu prójimo.

Los que reciben la Santa Comunión dignamente son gratificados, no solamente con la salud, sino igualmente con muchos otros dones, por los cuales el hombres se hace imagen y semejanza de Dios. Por la Divina Comunión somos unidos a Dios y entramos en relación y en contacto con Él. Por tal unión recibimos los dones del Espíritu Santo; el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fe, la humildad, el adiestramiento de sí mismo y muchas otras virtudes. Los ojos de nuestra alma son abiertos, el espíritu es iluminado y el corazón es purificado. La Divina Comunión sana el corazón y el cuerpo enfermo de los que se acercan a ella con fe. A menudo, la Comunión preserva nuestra vida, nos salva del peligro y muchos otros efectos maravillosos.

La Iglesia proclama en alta voz a los que se preparan para participar de la Santa Comunión estas palabras divinamente inspiradas: “Acercaos con fe, piedad y temor de Dios”. Y en efecto, ¿quién es el que está exento de fe, de piedad y temor de Dios que pueda ser considerado digno de comulgar?

¡Oh cuán feliz y bendito debe ser considerado el que recibe los Misterios divinos dignamente! Tal persona sale de la Iglesia enteramente renovada, porque el fuego de Dios, penetrando en el alma del hombre por la Divina Comunión, quema sus pecados, la llena de la gracia divina, refuerza sus poderes, ilumina su espíritu y hace del corazón un tabernáculo digno del Espíritu Santo.

Milagros

Los milagros no son imposibles desde un punto de vista lógico, y con razón no podemos negarlos. Las leyes naturales no tienen la pretensión de ser los únicos milagros, ni están amenazados con ser revocados por la aparición de otras leyes sobrenaturales, que también son propicias para el desarrollo y el fomento de la creación… Los milagros son consecuencia del amor del Creador por sus criaturas.

Exposición breve de la vida de San Nectario de Egina, obispo de Pentápolis.

San Nectario, cuyo nombre terrenal era Anastasio, era de una pobre familia de Silyvria del siglo XIX, de la región de Tracia. Siendo joven, se apresuró a embarcar en un buque camino de Constantinopla en busca de trabajo, pero no tenía dinero para el pasaje. Los motores del navío se pusieron en funcionamiento, y sin embargo, no se movieron hasta que el joven Anastasio pudo subir a bordo. Durante la travesía, el mar rugía con ferocidad, pero Anastasio sumergió su cruz pectoral, que contenía un trozo de la Vera Cruz, tres veces en el agua, diciendo: “Silencio, calmaos”. Las aguas siguieron su furor, pero la cruz se perdió. Cuando el barco siguió su curso, se escucharon unos grandes golpes debajo de la nave. Al llegar a su destino, los marineros encontraron la cruz pegada en la parte inferior de la nave, como si la Santa Cruz de nuestro Señor dirigiera la nave…. Cuando tenía 29 años, se convirtió en monje en la isla de Chios. El patriarca lo envió a estudiar teología a Atenas, y Nectario fue ordenado sacerdote (cuando se convirtió en un monje se le cambió el nombre), y más tarde se convirtió en obispo de Pentápolis.

Sin embargo, debido a los celos y a supuestas irregularidades, fue destituido de su cargo, para ser enviado de nuevo a Atenas y a la isla de Eubea. Sufrió como mendigo, pero perseveró y su integridad y sabiduría brillaron con resplandor. Los habitantes de Eubea lo socorrieron. Se convirtió en el decano de la Facultad de Teología de Atenas en 1910, y ayudó a iniciar un convento, convirtiéndose en padre espiritual con poderes curativos para muchas personas de toda Grecia. Diez años más tarde, fue llevado de Egina a una sala de un hospital de Atenas para pobres y enfermos incurables. Allí entregó su espíritu y murió, siendo preparado para ser enterrado. Su suéter fue colocado en una cama contigua de un paralítico, que de pronto recobró su fuerza y se rehabilitó, siendo sanado por completo. La habitación, que se había convertido en una capilla, se llenó de una dulce fragancia durante muchos días tras su reposo en el Señor nuestro Dios. Las curaciones son vistas en todo el mundo como suplicas sagradas de los santos. Está considerado como el santo patrón de los enfermos de cáncer, los que tienen problemas de corazón, artritis, para los que buscan trabajo y para los epilépticos.

San Nectario vivió desde 1846 hasta 1920. El 22/9 de noviembre, San Nectario descansó en el Señor. El día de su fiesta es el mismo día. Un profesor estadounidense escribió lo siguiente: “Ampliamente conocido entre los ortodoxos como buen obrador de milagros, y sobre todo como sanador de toda clase de enfermedades, San Nectario fue una personalidad polifacética. Era un escritor prolífico, teólogo, filósofo, moralista, educador, poeta, asceta y místico”.

Traducido por P.A.B

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