La transfiguración de nuestro Señor

Icono de la transfiguracion

 

“La Transfiguración del Salvador sobre el monte Tabor fue percibida por Sus discípulos como luz. Aquella no era por cierto un flujo de partículas de la luz física, pero sin duda algo parecido a la luz. Esta luz brillaba mas fuerte que la solar, pero no quemaba, Además su brillo estaba acompañando por una sensación de extraordinaria paz y alegría. Era la visión del gozo del paraíso.

En Sagradas Escrituras a menudo la palabra “luz” se aplica a Dios y a lo que irradia de El: la verdad, los mandamientos morales y las obras de bien. Aquí la palabra “luz” se puede tomar en sentido figurado — significando una fuente vivificante. En realidad, lo que es la luz solar para el mundo físico, — es Dios para — el espiritual. Gracias a la luz vemos y conocemos el mundo, tenemos la posibilidad de movernos, desarrollarnos y crecer. La luz calienta y da vida a la naturaleza. Sin el sol nuestra tierra se convertiría en un cuerpo helado y sin vida.

De manera semejante, Dios es la luz para criaturas espirituales — ángeles y hombres. Con Su energía ilumina nuestra mente, nos da el conocimiento espiritual superior, vierte en nosotros la energía y la inspiración, calienta el corazón con el amor, dirige nuestra vida hacia buena meta. Todos los bienes espirituales los recibimos de Dios. Alejándonos de El nuestra alma se sumerge en las tinieblas y perece.

Es así como los hombres de vida espiritual perciben su comunicación con Dios: “Porque contigo está el manantial de la vida; En tu luz veremos la luz” (Sal. 36:10); “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105). En particular, la llegada de Mesías se percibía como luz espiritual: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombre de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Is. 9:2). Cristo decía a los judíos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida… Aun por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprenden las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a donde va. Entre tanto que tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz” (Jn. 8:12; 12:35-36). De misma manera el amor y las obras de bien, san Juan el Teólogo llama: “andar” y “permanecer en la luz.”

Las Sagradas Escrituras, a veces, aplican a Dios la palabra “luz,” no solo en sentido figurado, sino, en expresiones que hablan de Su naturaleza. Citemos algunos textos: “El que se cubre de luz como de vestidura” (Sal. 104:2); Apóstol Santiago llama a Dios: “…Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variaciones” (Sant. 1:17). El Apóstol Juan: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en Él” (1 Juan 1:5-7). Apóstol Pablo: “El que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto, ni puede ver” (1 Tim. 6:16). En Apocalipsis leemos: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero … y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Apoc. 21:23-24; 22:4-5).

Sobre la naturaleza de la luminosidad de Tabor escribía S. Gregorio Palamas (1296-1356), quien tuvo que salir en defensa de la enseñanza ortodoxa sobre la luz espiritual, contra los eruditos monjes Barlaam, Akindin y sus seguidores. Era la época de Renacimiento — renacimiento de paganismo en el arte, pensamiento y costumbres. En la filosofía comenzaron a volver a los conceptos paganos sobre Dios, — como un Absoluto trascendental, supramundial e inconcebible. Basándose en este concepto no cristiano sobre Dios, Barlaam y Akindin afirmaban que sobre Tabor los apóstoles no podían ver a Dios, ellos vieron una común luz física.

S. Gregorio Palamas, al contrario, insistía que la luz de Tabor solo se parecia a la física, pero era completamente diferente por su naturaleza. Esta luz era más intensa que del sol y más blanca que la nieve; no cegaba, calentaba, pero no quemaba. Su brillo estaba acompañando de un intenso sentimiento de alegría. Para diferenciarla de la luz común, san Gregorio llamaba a la luz de Tabor: “Una energía Divina, no creada.” La eséncia de esta luz es inseparable de la eterna eséncia Divina, ya que Dios es simple e indiviso. A pesar que Dios en Su eséncia es inconcebible, Sus actos y energía, siendo inseparables de Su ecéncia, son concebibles para los seres creados a Su imagen y semejanza. Para eso, también, el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos comulgar con Su naturaleza Divina y así divinizarnos.

Percibimos la presencia Divina con el alma y no con los ojos de la carne. San Gregorio explica que la capacidad de ver la Luz Divina la otorga el Espíritu Santo, quien pasa al hombre del estado corporal al estado espiritual (homilía para la Transfiguración). En el momento de la visualización de la Luz Divina, de los ojos del observador cae como una cortina, y se le permite ver el resplandor Divino. La influencia de la luz espiritual en esta vida se extiende al alma. Pero, en la vida futura, también, se extiende sobre el cuerpo renovado de los justos, como esta escrito: “Entonces, los justos brillaran como el sol en el Reino de su Padre.”

La naturaleza de la luz benefactora (o energía Divina) — es misteriosa e inexplicable, como la eséncia del Creador. Sin embargo, suele ser experimentada claramente, cuando el misericordioso Dios, honra al hombre con la visualización del brillo Divino. Entonces, el hombre siente un goce paradisíaco, en comparación con el cual, todas las alegrías terrenales son nulas. S. Gregorio Palamas escribía además, que en el monte Tabor Cristo entreabrió ante los apóstoles Su Divinidad y mostró a Dios que habita en El, ya que desde la eternidad, Él es — luz.

También el rostro d Moisés quedo iluminado durante su conversación con Dios sobre el monte Sinaí. Pero esto pasó por la acción sobre él de la fuerza Divina y era, se puede decir, de carácter pasivo, y no como resultado de la acción interior de su fuerza (o sea, Moisés solo reflejaba la luz Divina). En cambio, el Señor Jesucristo tenia esta luz en Su interior. El reveló a los apóstoles en monte Tabor la Gloria de Su Divinidad. El se hizo luminoso durante la oración para enseñarnos como vendrá a los Santos la iluminación Divina y como la verán ellos (homilía 34 y 35).

Muchos justos han podido ver el brillo semejante al de monte Tabor. En Sagradas Escrituras y obras de Santos Padres esta vivificante luz se describe como un estado interior, obtenido por la oración, piedad religiosa y particularmente la Comunión de los Santos Misterios. Percibido interiormente era tan real, como la observación de la luz física. La manifestación de esta luz con brillo externo es un fenómeno menos frecuente. Pero en los escritos de los Santos se puede encontrar las descripciones de la manifestación externa de esta luz Divina inmaterial, cuando se iluminan el cuerpo y la vestimenta de un Santo. Así se puede encontrar no pocos relatos sobre esto en las vidas de los Santos del siglo 4-o a 6-o, en el Lavsaik y en “Prado espiritual.” Citemos aquí algunos casos, siguiendo en lo posible las palabras de observadores directos: “El rostro del abba Pamba brillaba como relámpago y él era como un rey, sentado en su trono.” Antes de la muerte de abba Sisoi, los monjes que vinieron a despedirse de él, vieron de repente, que su rostro brilló como sol. Alguien que se encontró con el abba Siluan, y viendo que su rostro y cuerpo eran iluminados como de un Ángel, cayó de bruces ante él. Un hermano, llegando a la celda de la ermita del abba Arsenio, miro por la puerta y vio que el maestro era todo como fuego. Un fuego milagroso que ardía en el S. Sergio de Radonezh, atraía a él a todos que lo vieron, aunque sea, una vez. Durante el canto en el templo de la oración “a Ti cantamos,” los presentes vieron como el fuego cayó del cielo y se movía sobre la mesa del altar, iluminando toda la estancia y rodeando al oficiante San Sergio. Cuando éste comulgaba — el fuego entro en el cáliz y el Santo comulgó con él. El discípulo de S. Serafín de Sarov, Motovilov, vio a su maestro en resplandor celestial, y le dijo: “Padre, no puedo mirar, ya que de sus ojos caen relámpagos. Su rostro se hizo mas brillante, que el sol y me duelen los ojos al mirar.”

Los que venían al “starez” (maestro espiritual) Ambrosio de Optin, también veían a veces como la luz salía de él. Se observó la iluminación del rostro del obispo Teofano el Ermitaño y de san Juan de Kronstadt. El padre Juan se ponía ante el Señor, como ante el sol y, sentía claramente su permanencia en los rayos de esta luz y su calidez, alegría y cercanía de Cristo Salvador. Por la gracia de Dios, su rostro se hacia hermoso como de un Ángel y uno quería seguir mirándolo. (Nota: llaman la atención los relatos de la gente que murió y luego revivió. Como ellos después de su muerte entraban en un mundo de luz y experimentaban allí una extraordinaria paz y alegría. Muchos de estos relatos reunió un doctor de medicina norteamericano, Raymond A. Moody Jr, en su libro “Vida después de vida” [Life after life]. Ver también el folleto de Iskul “inverosímil para muchos, pero un acontecimiento real.” No seria que el Señor les dejaba ver Su Luz para que ellos fomentan la fe en la actual sociedad racionalista?).

El sentimiento de gozo, a partir de la iluminación Divina, suele ser tan fuerte, que cuando cesa, el hombre siente gran tristeza y abandono. S. Gregorio el Teólogo describe así este estado: “deseo quedar solo conmigo mismo y, renunciando a la carne y al mundo, no tocando sin necesidad extrema nada humano, conversando con uno mismo y con Dios, vivir por encima de lo visible. Deseo llevar siempre en mi imágenes puras y Divinas, no mezcladas con los inferiores impresiones engañosas. Quiero ser un impoluto espejo de Dios y de lo Divino. Adquirir la luz a la luz — de lo menos claro a lo mas luminoso — hasta que no llegue a la Fuente de iluminaciones de allá y no alcance al bienaventurado fin… El Amado (Dios) traspasa a la mente con un rayo de luz y enseguida en rápido movimiento se aleja y con esto llama y arrastra Consigo el alma.”

San Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022), a menudo, recibía el honor de iluminación Divina. Así relató lo que sintió después de una de estas experiencia: “Todos los sentidos de mi mente y alma estaban adheridos a esta única innarable alegría de altísima luz. Pero cuando la inconmensurable luz, que me apareció, poco a poco disminuyo y al final se tornó invisible, volví en mi y conocí que maravillas de repente obró en mi la fuerza de esta luz… Luz esta, cuando aparece, alegra y cuando desaparece deja una herida y dolor en el corazón (Palabra 86).

La luz Divina misteriosamente se da a cada fiel sincero, cristiano ortodoxo. Pero los santos Padres previenen contra los esfuerzos de llamar artificialmente a esta iluminación, tratar de ver a esta luz, ya que aquí se esconde un gran peligro de tentación diabólica. El cristiano debe ir por la senda angosta de penitencia, humildad y autosacrificio. La vida actual es el tiempo de trabajo — la futura será tiempo de recompensa…”

Alexander Mileant

Recurso: http://www.fatheralexander.org

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Categorías:Enseñanzas de padres actuales

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