Santos cánones y escritos relacionados con el ecumenismo

 

Primer concilio ecuménico de Nicea

Primer concilio ecuménico de Nicea

Sobre la oración con los herejes

 

Canon XLV de los Santos Apóstoles

 

Si un Obispo, sacerdote o diácono se une a la oración de los herejes, que sea suspendido; pero si les permite cumplir un servicio litúrgico en calidad de clérigos, que sea destituido.

Canon LXV de los Santos Apóstoles

 

Si alguien del clero o un laico entra a rezar a una sinagoga judía o hereje, que sea destituido del orden sagrado y excomulgado de la comunión con la Iglesia.

 

Interpretación de San Nicodemo

 

El presente canon reconoce que es un gran pecado para cualquier cristiano el entrar en una sinagoga de los judíos [o en una asamblea] de los herejes para orar [con ellos]. Pues, “¿Qué concordancia hay entre Cristo y Belial?” (2ª Corintios 6:15), según dice el divino apóstol. Pues si los mismos judíos violan la ley yendo a sus sinagogas y ofreciendo sacrificios, en vista del hecho de que ofrecer sacrificios en cualquier lugar fuera de Jerusalén está prohibido, según la ley, (como lo atestigua el divino San Justino en su diálogo con Trifón, y Sozomeno en su Historia eclesiástica, Libro 5, cáp. 21, y San Juan Crisóstomo en su segunda homilía contra los Judíos) , ¿cuánto más  prohibido estará el que un cristiano viole la ley rezando junto con los verdugos de Cristo? Por otra parte, se debe enfatizar que cualquier iglesia de los herejes, o cualquiera de sus asambleas, no debe ser honrada asistiendo a ella, sino que debe ser rechazada y despreciada, en razón a que creen cosas contrarias a las creencias de los verdaderos cristianos ortodoxos. Esta es la razón por la que el presente canon ordena que si alguien del clero o un laico entra en la sinagoga de los judíos o en una asamblea de los herejes para orar, el clérigo debe ser depuesto de su oficio y al mismo tiempo debe ser excomulgado en base a que ha cometido un gran pecado, pero el laico solo debe ser excomulgado, ya que, puesto que es laico, ha pecado en menor grado que el clérigo, y como tal no debe aplicársele ninguna deposición y no puede ser depuesto. O, para decirlo más correctamente, según lo interpretan algunos, el clérigo que entre en una sinagoga de los judíos o en una asamblea de los herejes para orar, debe ser destituido de su cargo, mientras que el laico que haga lo mismo, solamente será excomulgado. Léase también la interpretación de Ap. VII y Ap. XLV. (A continuación)

Canon de los apóstoles VII

 

Si alguno de los obispos, presbíteros o diáconos festejare el día de la Santa Pascua antes del solsticio de primavera, junto con los judíos, que sea expulsado del orden sagrado.

 

Comparar con Reglas Ap. 70; VI Ecuménico11; Antioquia 1; Laodicea 37. El tiempo del festejo de la Pascua fue establecido por el Primer Concilio Ecuménico. La presente regla establece el momento astronómico del festejo de la Pascua (antes del solsticio de primavera). Pero, no es menos importante el otro principio indicado en la regla: no se puede celebrar la Pascua conjuntamente con los judíos, ya que la celebración de los Cristianos debe estar separada de ellos sin unirse de manera alguna con aquellos que son ajenos al Salvador. Esta regla no es respetada en Occidente, donde la celebración de la Pascua según el nuevo calendario a veces coincide con la festividad judía.

 

Explicación del canon XLV de los apóstoles

 

Si un Obispo, sacerdote o diácono se une a la oración de los herejes, que sea suspendido; pero si les permite cumplir un servicio litúrgico en calidad de clérigos, que sea destituido.

 

En su 1 regla, San Basilio el Grande dice, que los antiguos “llamaban herejes a quienes se separaron por completo y se apartaron en la misma fe” (de la Iglesia Ortodoxa). La herejía, según su definición, “es una diferencia evidente en la propia fe en Dios.” La regla Apostólica 10 prohíbe la oración en conjunto con los excomulgados de la Iglesia, quienes pueden haber sido sujetos a tal castigo por algún pecado grave. Más aún se separa de la Iglesia una persona, que no acepta la enseñanza dogmática de la Iglesia y se opone a ella. Por ello, un obispo o un clérigo, que se une en oración con los herejes, es excomulgado, es decir, se le prohíbe oficiar. Pero, se castiga más severamente con la expulsión, es decir, se le quita el orden, al obispo o clérigo que permitió a un hereje realizar ceremonias en la Iglesia, como si fuera su servidor, expresado de otra manera: quien reconoció en la ceremonia de un clérigo herético la fuerza de un sacramento ortodoxo. En calidad de ejemplo contemporáneo de la trasgresión a la regla, se puede citar el caso cuando se le permite a un sacerdote católico romano o protestante realizar el matrimonio de un feligrés propio o el permiso otorgado a éste último de recibir la Comunión de un sacerdote de otra confesión. A este respecto, la regla 45 de los Apóstoles se completa con la siguiente regla 46. Comparar Reglas Apostólicas 10, 11 y 46; III Ecuménico 2 y 4; Laodicea 6, 9, 32, 33, 34, 37; Timoteo de Alejandría 9.

Canon XLVI de los Santos Apóstoles

 

Ordenamos expulsar a los Obispos o presbíteros que hayan recibido el sacramento del bautismo o la ofrenda de herejes. ¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial, qué unión puede haber entre un fiel y un infiel?

Nota del webmaster: No negamos que el “bautismo” de los herejes pueda ser recibido por “Economía” en algunas circunstancias (aunque hoy en día, esta “economía” se ha convertido, a causa del Ecumenismo, en la “norma”, en vez de la excepción). Este canon ha sido incluido aquí, principalmente por la “interpretación” que San Nicodemo realiza de él en el Pidalion (p. 68). Las sabias palabras del santo instruyen a los cristianos ortodoxos descarriados que participan apoyando el movimiento ecuménico, y que piensan que es apropiado entrar en las iglesias de los cristianos heterodoxos, y unirse a ellos en su culto y oración.

Es deber de los cristianos ortodoxos huir de los herejes y de sus ceremonias y ritos. Estos, es decir, los herejes, deben, sin embargo, ser reprendidos y advertidos por los obispos y presbíteros, con la esperanza de que no continúen y salgan de su error. Por esta razón, el presente canon prescribe que si un obispo o presbítero acepta el bautismo de los herejes como correcto y verdadero, o cualquier sacrificio ofrecido por ellos, debe ser expulsado. Porque, “¿qué concordancia entre Cristo y Belial? ¿O qué comunión puede tener el que cree con el que no cree?” (2ª Corintios 6:15). Los que aceptan las acciones de los herejes, y tienen puntos de vista similares a ellos, o cualquier cosa semejante, deben afanarse en liberarse de su creencia errónea. Pues, ¿cómo pueden aquellos que participan en sus ceremonias religiosas y ritos criticarlos con la mira de persuadirlos para que salgan de su cacodoxia y de su herejía errónea?

Canon IX de Laodicea (aprobado también por el concilio ecuménico)

Que no les sea permitido a las personas que pertenecen a la Iglesia dirigirse a los cementerios de los herejes, o a los así llamados lugares martiriales para orar o recibir curación. Si los fieles concurren allí, que sean excomulgados por un cierto tiempo. Aquellos que se arrepientan y confiesen su pecado, que sean admitidos a la comunión.

Canon XXXIII de Laodicea

 

No se debe orar con herejes o cismáticos.

Asamblea extraordinaria de la sagrada comunidad del Monte Athos

9/22 de Abril de 1980

3. El diálogo teológico no debe, de ninguna manera, estar relacionado con la oración en común, o mediante la participación conjunta en servicios litúrgicos o adoración de ningún tipo, o en otras actividades que puedan crear la impresión de que nuestra Santa Iglesia Ortodoxa acepta, por un lado, a los católicos romanos como parte plena de la Iglesia, o por el contrario, al papa como obispo canónico de Roma. Actividades como estas engañan a la plenitud del pueblo ortodoxos, al igual que a los católicos romanos, fomentando en ellos una idea equivocada de lo que la fe ortodoxa enseña.

Sobre la fecha de la Celebración de la Pascua

 

Canon VII de los Santos Apóstoles

 

Si alguno de los obispos, presbíteros o diáconos festejare el día de la Santa Pascua antes del solsticio de primavera, junto con los judíos, que sea expulsado del orden sagrado.

 

 

Canon I de Antioquia

 

Todo aquel que ose transgredir lo establecido sobre la salvadora festividad de la Pascua por el santo y gran Concilio de Nicea, reunido en presencia del piadosísimo Emperador Constantino amado por Dios, que sea excomulgado y expulsado de la Iglesia si insiste en oponerse con el ánimo de contrariar a lo que fue bien establecido. Esto fue dicho con respecto a los laicos. Si después de la promulgación de este canon alguna autoridad de la Iglesia, es decir, un obispo, presbítero o diácono osare aislarse, confundiendo a la gente y disturbando las iglesias, y celebrare la Pascua junto con los judíos, el santo Concilio ya lo condena a ser ajeno a la Iglesia, por ser culpable de pecado para sí mismo y causa de disturbios y seducción para muchos. El concilio no sólo destituye a tales personas de la liturgia, sino también a todos cuantos osaren estar en comunión con ellos luego de su destitución del sacerdocio. Los destituidos son privados también de los honores visibles con los que son honrados según los santos cánones y el divino sacerdocio.

Ver también el Sigillon de 1583, que anatematizó el calendario gregoriano papal.

 

 

Sobre la separación de los jerarcas herejes

 

Del primer canon de San Basilio

Cisma es el nombre aplicado a aquellos que, a causa de razones eclesiásticas, o por cuestiones remediables, han desarrollado una disputa entre sí. Parasinagogas es el nombre que se aplica a las reuniones celebradas por los presbíteros u obispos insubordinados, y a los que se adhieren a ellos y demuestran no tener ningún conocimiento de la doctrina ortodoxa. Así, por ejemplo, cuando alguien ha sido acusado de un delito menor celebrando la liturgia y ha rehusado someterse a los cánones, y conmemora al obispo en la liturgia por sí mismo, y otras personas se fueron con él, abandonando la santa iglesia, esto es una parasinagoga.

Canon XXXI de los Santos Apóstoles

Si, despreciando a su Obispo, un sacerdote arrastra gente y erige otro altar, sin acusar por medio de un juicio a su obispo en algo contrario a la devoción y a la verdad, que sea destituido por pedigüeño. Que sea alejado como amante del mando, ya que se convirtió en usurpador del poder. Del mismo modo que sean alejados todos los demás miembros del clero que se unieron a él. Los laicos que sean excomulgados. Que esto se cumpla luego de tres requerimientos del Obispo.

Interpretación (de San Nicodemo y San Agapios)

“El orden sostiene la coherencia entre las cosas terrenales y las cosas celestiales, según San Gregorio el teólogo. Así, el buen orden debe mantenerse en todas partes, ayudando a preservar la coherencia y el sistema establecido, especialmente entre los clérigos, que necesitan conocer sus propias normas, evitando exceder los límites y las fronteras de su propia clase. Mas los presbíteros, diáconos y todos los clérigos deben someterse a su propio obispo; el obispo, por su parte, a su metropolitano; los metropolitanos, por su parte, a su propio patriarca. A este respecto, el presente canon apostólico ordena lo siguiente: cualquier presbítero que desprecie a su obispo, y sin conocimiento manifieste que este es culpable, ya sea en relación a la piedad o a la verdad, es decir, sin saber que sea manifiestamente un hereje o un injusto, y reúna a algunos cristianos y construya otra iglesia, y celebre separadamente, sin el consentimiento ni la aprobación de su obispo, haciendo esto conscientemente debe ser depuesto; ya que, al igual que un tirano trata, con violencia y tiranía, pretende arrebatar la autoridad que le pertenece al obispo. Y también cualquier clérigo que se una a él en tal apostasía debe ser depuesto de su oficio al igual que este; y los laicos, que sean excomulgados. Sin embargo, esto debe ser hecho después de tres requerimientos del obispo, instando amistosamente a los que se han separado a que renuncien a tal conyunta, y renuncien concienzudamente a ello. Sin embargo, a aquellos que se separan de su obispo antes de una investigación sinodal porque este está predicando alguna creencia errónea y hace pública la herejía, no están sujetos a las penitencias anteriores, sino que tienen derecho a reclamar el honor debido a los cristianos ortodoxos según el canon XV del Primer-Segundo Concilio.

Canon XV del Primer-Segundo Concilio

“Las normas establecidas con relación a los presbíteros, obispos y metropolitanos son aún más aplicables a los patriarcas. Así que, en caso de que algún presbítero, obispo o metropolitano reniegue de la comunión con su patriarca, y no mencione su nombre según la costumbre dispuesta y ordenada, en la divina Mistagogia, sino que, antes de que se haya pronunciado un veredicto por parte del concilio, se dictara sentencia contra él, creando un cisma, el santo sínodo decreta que esta persona sea tratada como ajena a cualquier función sacerdotal, si fuera culpable de haber cometido esta transgresión contra la ley. Según esto, estas reglas han sido selladas y ordenadas con respecto a aquellos que, bajo el pretexto de arremeter contra sus superiores, crean un cisma, y rompen la unión de la Iglesia. Por otro lado, con respecto a las personas que, a causa de alguna herejía condenada por los santos sínodos, o los padres, se separan de la comunión con su patriarca, es decir, siendo predicada públicamente la herejía, y siendo enseñada públicamente también en la iglesia, estas personas no solo no están sujetas a un castigo canónico, por haberse separado a sí mismas de todos y de toda comunión con el obispo antes de que se haya dictado un veredicto conciliar o sinodal, sino que, por el contrario, son dignos de gozar del honor que les corresponde como cristianos ortodoxos. Pues han desafiado, no a los obispos, sino a los pseudo obispos y pseudo maestros; y no han sesgado la unión de la Iglesia con ningún cisma, sino que, por el contrario, han sido diligentes en rescatar a la Iglesia de los cismas y divisiones”.

Comentarios sobre el Primer y Segundo Concilio, encontrados en la Vida de San Focio el Grande, por el eminente estudioso y santo serbio Hieromonje Justin Popovic de Chelije (De San Focio, Sobre la Mistagogia del Espíritu Santo, traducido por el Monasterio de la Santa Transfiguración (Studion Publishers, 1983)

Manteniendo su mansedumbre, su amor por el orden y los cánones de la Iglesia, San Focio convocó un segundo concilio en la Iglesia de los Santos Apóstoles en la primavera de 861*, con la aprobación del emperador Miguel. Esta asamblea fue conocida más tarde como el primer concilio. Muchos obispos, incluyendo a los representantes del papa Nicolás, estuvieron presentes. Todos confirmaron las determinaciones del santo Séptimo Ecuménico, condenando, una vez más, la herejía iconoclasta, y aceptaron a Focio como el legítimo y canónico patriarca. En este concilio, fueron promulgados diecisiete santos cánones con el propósito de unir a los monjes y obispos desobedientes a la armonía con la tradición y orden eclesiástico. A los monjes desobedientes se les prohibió abandonar a su obispo excusándose en la supuesta impiedad de los obispos, pues esto trae el desorden y el cisma a la Iglesia. El santo concilio añadió que el clero podía rechazar al obispo del que se pensara que fuera impío solo mediante decisión del concilio. Esta regla fue adoptada como respuesta directa a lo irracionales y estrictos monjes que se habían separado de su nuevo patriarca y sus obispos. Sin embargo, el santo concilio distinguió entre rebelión irracional y loable resistencia en defensa de la fe, a la cual alentó. Con relación a este asunto se decretó que un obispo debía confesar públicamente alguna herejía ya condenada por los Santos Padres y concilios previos, y a quien cesara de conmemorar a tal obispo, incluso antes de que una condena conciliar lo hubiera censurado, mas el supuesto falso obispo debía ser conmemorado. Actuando así, por otra parte, no dividía a la Iglesia, sino que luchaba por la unidad de la fe (Canon Quince).

* La nota dice lo siguiente: “Este concilio, junto con el de los 869 es considerado el Primer-Segundo concilio, cuyos cánones son aceptados por la Iglesia Ortodoxa”

Sobre la obediencia a los cánones

 

Canon I del Segundo Concilio Ecuménico

No se derogue el Símbolo de la fe, … sino que permanezca este símbolo inmutable. Que se anatematice toda herejía.

Canon VII del Tercer Concilio Ecuménico

 

Que no se le permita a nadie pronunciar, escribir o componer otra fe que no sea la que estipularon los Santos Padres reunidos en la ciudad de Nicea con el Espíritu Santo. Para aquellos que osen componer otra fe o presentarla, u ofrecerla a quienes desean convertirse al conocimiento de la verdad,… si son obispos o pertenecen al clero, que sean privados: los obispos, del obispado, y los clérigos, del clero; si son laicos, que sean anatematizados.

Canon I del Cuarto Concilio Ecuménico

 

Consideramos justo que los cánones expuestos por los Santos Padres en todos los Concilios hasta el presente deben ser cumplidos en todo.

Extracto de Divinas oraciones y servicios de la Iglesia Católica Ortodoxa de Cristo, compilado y organizado por el Reverendo Serafín Nassar (Englewood, NJ: Antiochian Archdiocese of N. J. America, 1979), p. 1031.

Ahora, dado que la Iglesia es una, y su unidad se compone principal y universalmente de acuerdo a las doctrinas ortodoxas, es necesario que todos los que no se ajusten a las doctrinas ortodoxas, ya sea por adición o por omisión, o por cualquier innovación suya, cambiando así la verdad, sean expulsados de la Única y Santa Iglesia, como también se puede determinar a partir de la revisión del sexto y séptimo canon del segundo concilio ecuménico, y del primer canon de San Basilio el Grande.

Canon I del Sexto Concilio Ecuménico, in Trullo (extracto)

 

debemos guardar inmutable de innovaciones y cambios la fe que nos fue entregada por los testigos y servidores del Verbo, los Apóstoles elegidos de Dios; y luego por los 318 Santos y Bienaventurados Padres que se reunieron en Nicea durante el reinado de Constantino

Del mismo modo, proclamamos que aceptamos la confesión de la fe sobre el Espíritu Santo que teológicamente fue proclamada por los 150 Santos Padres reunidos en esta Ciudad Imperial durante el reinado de Teodosio el Grande, emperador nuestro.

Del mismo modo, sellamos con nuestro consentimiento las enseñanzas presentadas por los 200 Teóforos Padres que con anterioridad se habían reunido por primera vez en la ciudad de Éfeso, durante el reinado de Teodosio, hijo de Arcadio y emperador nuestro.

También, de manera ortodoxa confirmamos la fe que fue expresada en la Metrópolis de Calcedonia, durante el reinado de Marciano, emperador nuestro, por los 630 Padres elegidos de Dios.

También conocemos las pías palabras de los 165 Teóforos Padres que se reunieron en esta ciudad imperial durante el reinado de Justiniano, emperador nuestro de bienaventurada memoria, y las enseñamos a nuestra descendencia porque reconocemos que han sido pronunciadas por el Espíritu Santo.

Y nuevamente nos unimos en la promesa de preservar de manera inviolable la fe proclamada por el Sexto Concilio Ecuménico que recientemente se reunió en esta ciudad imperial durante el  reinado de Constantino.

De manera sucinta decretamos que la fe de todos los hombres glorificados en la Iglesia de Dios que fueron luminarias en el mundo, “que conservaron la palabra de la vida” (Fil. 2:16) debe ser cumplida con firmeza y que permanezca inmutable hasta el final de los siglos, junto con sus escritos inspirados por Dios y los dogmas.

Si alguien no mantiene y no acepta los dogmas de piedad mencionados, y no piensa y predica de esa manera, sino que intenta ir en contra de ellos: que sea anatematizado, según las reglas ya promulgadas por los mencionados santos y bienaventurados Padres; y que sea expulsado y destituido de la compañía de los Cristianos por ser extraño a ella.

Canon I del Séptimo Concilio Ecuménico

 

Para aquellos que recibieron la dignidad sacerdotal, sirven de testimonio y guía las reglas y decretos establecidos que recibimos gustosamente y alabamos junto con David, inspirado por Dios, proclamando a nuestro Señor y Dios: Heme gozado en el camino de tus testimonios, como sobre toda riqueza y: Tus testimonios, que has recomendado, son verdad. Tus testimonios son por los siglos; dame entendimiento y viviré (Salmo 119:14, 138 y 144). Y si la voz del profeta nos manda guardar los testimonios de Dios por los siglos y vivir en ellos, entonces es evidente que permanecen inquebrantables e incólumes. Ya que aún Moisés, quien vio a Dios, dice así: Cuidaréis de hacer todo lo que yo os mando: no añadirás a ello, ni quitarás de ello (Deuteronomio 12:32). Y el Divino Apóstol Pedro, exultando en ellos, proclama: las cosas que ahora os son anunciadas de los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; en las cuales desean mirar los ángeles (I Pedro 1:12). También San Pablo anuncia: Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema (Gálatas 1:8). Viendo que estas cosas son fidedignas y nos han sido testimoniadas, gozándonos en ello, como el que halla mucho provecho (Salmo 119:162), aceptamos los cánones divinos con deleite y guardamos en su totalidad y de manera incólume lo establecido por las reglas expuestas por los honrosísimos Apóstoles, santas trompetas del Espíritu, y de los santos Concilios Ecuménicos, también de los concilios locales reunidos para promulgar tales cánones, y de nuestros santos padres. Ya que todos ellos, iluminados por el mismo y único Espíritu, legislaron lo que es útil. Y a quienes ellos anatematizan, también nosotros los anatematizamos; a quienes destituyen, también nosotros los destituimos; y a quienes excomulgan, también nosotros los excomulgamos; a quienes imponen una penitencia, también nosotros lo hacemos.

Del Synodicon del Espíritu Santo.

Nota: Está subtitulado como “ Una confesión y proclamación de la piedad de los cristianos ortodoxos, en la que todas las impiedades de los herejes son derrocadas y las definiciones de la Iglesia Católica Ortodoxa de Cristo son sustentadas. Por lo cual, los enemigos del Espíritu Santo son separados de la Iglesia de Cristo”. Este Synodicon (decisión, declaración, tomo, que es originario de un sínodo que posee autoridad conciliar) se atribuye al patriarca Germanos el Nuevo (1222-1240)

“A aquellos que desprecian los sínodos ecuménicos, santos y venerables, y que desprecian aún más sus tradiciones, dogmas y cánones, y para los que dicen que todas las cosas no estaban perfectamente definidas y expuestas por los sínodos, y que dejaron la mayor parte oscura, confusa y sin instrucción, ANATEMA

“A los que desprecian los sagrados y divinos cánones de nuestros benditos padres que,  sustentando a la santa Iglesia de Dios y adornando a la Iglesia cristiana, nos guían a la divina reverencia, ANATEMA

“A las innovaciones y promulgaciones en contra de la tradición de la Iglesia, de las enseñanzas e instituciones de los santos y siempre recordados padres, o de cualquier cosa que sea ahora promulgada, ANATEMA

 

 

El ejemplo de San Máximo el Confesor

 

De La vida de nuestro santo padre San Máximo el Confesor

La vida de San Máximo es también instructiva para nosotros. San Máximo, aunque era un simple monje, resistió y rompió la comunión con todos los patriarcas, metropolitanos, arzobispos y obispos del este porque estos habían sido infectados con la herejía del monotelismo. Durante el primer encarcelamiento del santo, los mensajeros del patriarca ecuménico le preguntaron:

“¿A qué iglesia perteneces? ¿A la de Bizancio, Roma, Antioquia, Alejandría o Jerusalén? Pues estas iglesias, junto con las provincias a las que pertenecen, están unidas. Por eso, si también perteneces a la iglesia católica, estas, a la vez, en comunión con nosotros, y no te crees un nuevo y extraño camino, no sea que caigas en lo que ni siquiera esperas”.

A esto, el sabio y justo hombre replicó: “Cristo el Señor llamó a esta iglesia la Iglesia Católica (Ortodoxa), pues mantiene la verdad y la confesión salvadora de la fe. Por esta confesión Él llamó a Pedro bendito, y declaró que fundaría Su Iglesia sobre esta confesión. Sin embargo, deseo conocer el contenido de vuestra confesión, sobre la base de que todas las iglesias, como decís, están en comunión. Si esto no esta opuesto a la verdad, entonces no me separaré de ella”.

La confesión que le proponían al santo no era ortodoxa, por supuesto, y por eso rechazó acceder a su coacciones. Además, mentían acerca de la sede de Roma que, según ellos, permanecía ortodoxa. Tiempo más tarde, en su último interrogatorio por parte de las autoridades bizantinas, tuvo lugar la siguiente conversación:

El santo dijo: “Ellos (los patriarcas de Constantinopla y Alejandría, y todos los obispos herejes del Este) han sido depuestos y privados del sacerdocio en el concilio local que tuvo lugar recientemente en Roma. Entonces, ¿qué misterios pueden realizar? ¿O qué espíritu descenderá sobre los que son ordenados por ellos?”

“Entonces, ¿solo tú serás salvo, y todos los demás perecerán?”, argumentaron.

A esto respondió el santo: “Cuando todo el pueblo en Babilonia fue a adorar el ídolo de oro, los tres santos jóvenes no condenaron a nadie a la perdición. Ellos no se preocuparon por las acciones de los demás, sino que se ocuparon de ellos mismos, para no apartarse de la verdadera piedad. Igualmente, cuando Daniel fue arrojado al foso de los leones, no condenó a ninguno de los que, cumpliendo la ley de Darío, no quisieron orar a Dios, sino que se aferró a su deber, y prefirió morir en vez de pecar contra su conciencia trasgrediendo la ley de Dios. ¡Dios me guarde de condenar a nadie o decir que solo yo seré salvado!. Sin embargo, prefiero morir antes que apostatar de algún modo de la verdadera fe y sufrir así los tormentos de mi conciencia”.

“Pero inquirieron los enviados,  ¿qué harás cuando los romanos se unan a los bizantinos?. Ayer, de hecho, llegaron dos delegados de Roma y mañana, día del Señor, comulgarán los santos misterios con el patriarca”.

El santo replicó: “Incluso si el universo entero tomara la comunión con el patriarca, yo no comulgaré con él. Pues sé, según los escritos del santo apóstol Pablo que el Espíritu Santo declara que, incluso los ángeles serían anatematizados si predicaran un Evangelio diferente, introduciendo alguna nueva enseñanza.”

Como ha demostrado la historia, San Máximo, que era un simple monje y ni siquiera ordenado, y sus dos discípulos fueron los únicos que eran ortodoxos, y aquellos ilustres, famosos e influyentes patriarcas y metropolitas de los que el santo había escrito en contra, estaban en la herejía. Cuando el sexto concilio ecuménico fue convocado finalmente, entre los condenados por herejía había cuatro patriarcas de Constantinopla, un papa de Roma, el patriarca de Alejandría, dos patriarcas de Antioquia y una multitud de otros metropolitas, arzobispos y obispos. Durante todos aquellos años, aquel simple monje guardó la verdadera fe, y todos aquellos notables obispos estuvieron en el error. (pp. 60-62)

Otras citas de La vida

Aquellos que primeramente defendieron y salvaguardaron la herejía de los monotelitas fueron Ciro, patriarca de Alejandría (630-643), y Sergio, patriarca de Constantinopla (610-638), e incluso el mismo emperador Heraclio, que fue arrastrado a esta herejía por ellos. Convocando sínodos locales, Ciro en Alejandría y Sergio en Constantinopla, confirmaron esta herejía, distribuyendo sus decretos por todo lugar y corrompiendo al Este entero. San Sofronio, patriarca de Jerusalén, fue el único que se opuso a esta herejía y no aceptó las falsas enseñanzas. San Máximo, viendo que esta herejía había penetrado incluso en el palacio real y había corrompido al mismo emperador, empezó a temer que también él estuviera corrupto, siguiendo el ejemplo de muchos… Se dirigió a Roma, prefiriendo vivir con hombres ortodoxos que conservaran firmemente la fe (p. 2, 4).

(Ante la insistencia de San Máximo) el papa convocó a los obispos, siendo 105 en número, con el padre Máximo en medio. Este era el concilio de Letrán (649); se revisaron los errores de Ciro, Sergio, Pirro y Pablo, y también la confesión herética del emperador. Las falsas enseñanzas fueron anatematizadas, y el papa escribió a los fieles de todo lugar, confirmándoles en su fe ortodoxa, y explicando los errores de los herejes y advirtiéndoles para que en sus caminos estuvieran en guardia contra ellos.

Entonces Teodosio empezó a hablar: “El emperador y el patriarca desean, antes de nada, saber porqué os retiráis de la comunión con la sede de Constantinopla”

San Máximo respondió: “Conoces las innovaciones que se introdujeron hace veintiún años en Alejandría, cuando Ciro, el ex patriarca de esa ciudad, hizo públicos los nueve capítulos que habían sido aprobados y ratificados por el trono de Constantinopla. También ha habido otras alteraciones y adiciones (el Ekthesis y el Typos), que han distorsionado las definiciones de los sínodos. Estas innovaciones fueron hechas por los principales representantes de la iglesia de Bizancio, Sergio, Pirro y Pablo, y son conocidas por todas las iglesias. Esta es la razón por la que yo, su siervo, no entraré en comunión con la iglesia de Constantinopla. Que estas ofensas, introducidas por los mencionados hombres en la Iglesia, sean eliminadas; que estos que las han introducido sean depuestos; y así el camino de la salvación será limpiado de toda barrera, y andaréis por el camino correcto del Evangelio, limpio de toda herejía. Cuando vea a la Iglesia de Constantinopla como fue formada, entonces, entraré en comunión con ella sin ninguna exhortación a ningún hombre. Pero mientras haya tentaciones heréticas en ella, y mientras sus obispos sean herejes, ninguna palabra o hecho me convencerá para estar en comunión con ella” (p. 19-20)

A esto replicó el padre Máximo: “Guardar silencio sobre algo significa negarlo, como dice el Espíritu Santo por medio del profeta: “Si bien no es la palabra, tampoco es un lenguaje cuya voz no pueda percibirse” (Salmos 18:3). Por tanto, si una palabra no es dicha, entonces no es una palabra”.

Entonces dijo Troilo: “Ten la fe que quieras en tu corazón; nadie te lo prohíbe”

San Máximo objetó: “Pero la completa salvación no depende solamente de la fe del corazón, si no también de su confesión, pues el Señor dijo: “mas a quien me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre celestial” (Mateo 10:33). También enseña el apóstol: “porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salud” (Romanos 10:10). Por tanto, si Dios y los santos profetas y apóstoles ordenan que el misterio de la fe se confiese con palabras y con la lengua, y este misterio de la fe trae la salvación a todo el mundo, entonces la gente no debe ser obligada a guardar silencio con respecto a la confesión, para que la salvación de las personas sea obstaculizada” (p. 29)

El ejemplo de San Marcos de Éfeso

 

[Estas palabras] las dirigió a sus fieles el día de su deceso. Este es un extracto:

En cuanto al patriarca diré esto, no sea que tal vez se le ocurra venir a mostrarme algún respeto en el entierro de mi humilde cuerpo, o que envíe a mis exequias a cualquiera de sus jerarcas o clérigos o, en general, alguno de los que estén en comunión con él, para tomar parte en la oración, o unirse a los sacerdotes invitados a él, pensando que tal vez, o quizá en secreto, yo haya manifestado alguna comunión con él. Y para que mi silencio dé ocasión a aquellos que no conocen bien y enteramente mis opiniones, y sospechen algún tipo de conciliación, con la presente declaro y testifico ante los dignos hombres presentes que no deseo, de ninguna forma y absolutamente, y no acepto la comunión con él, o con los que estén con él, ni en esta vida ni después de la muerte, al igual que tampoco (acepto) ni la Unión ni los dogmas latinos, que él y sus allegados aceptaron, reforzando así la autoridad y preeminencia que habían ocupado, con el objetivo de destruir los verdaderos dogmas de la Iglesia. Estoy absolutamente convencido de que cuanto más lejos esté de él, y de otros como él, más cerca estaré de Dios y de todos los santos, y cuanto más me separo a mi mismo de ellos, más unido estoy a la Verdad y a los Santos Padres, los teólogos de la Iglesia; y estoy igualmente convencido que todos los que se relacionan con ellos permanecen lejos de la Verdad y de los benditos Maestros de la Iglesia. Y por esta razón digo: así como estuve separado de ellos durante el transcurso de mi vida, ahora, en el momento de mi partida, sí, y después de mi muerte, me seguiré alejando de la relación y comunión con ellos, y pido y ordeno que ninguno de estos se acerque a mi entierro o mi sepultura, e igualmente a los que sean de la misma opinión que ellos, con el ánimo de intentar unirse y concelebrar en nuestros divinos servicios; pues esto sería mezclar lo que no puede ser mezclado. Pues les conviene estar absolutamente separados de nosotros hasta el tiempo en que Dios conceda la corrección y la paz a Su Iglesia. (Citado en The Orthodox Word, Junio-Julio, 1967, pág. 103)

Traducido por: P.A.B

 

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Categorías:Ecumenismo, Papismo

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