San Atanasio de Alejandría sobre La Trinidad. Parte 2/2

 

Los errores de Arrio.

Las lindezas aborrecibles y llenas de impiedad que resuenan en la Talia, de Arrio, son de este jaez: Dios no fue Padre desde siempre, sino que hubo un tiempo en que Dios estaba solo y todavía no era Padre; más adelante llegó a ser Padre. El Hijo no existía desde siempre, pues todas las cosas han sido hechas de la nada, y todo ha sido creado y hecho: el mismo Logos de Dios ha sido hecho de la nada y había un tiempo en que no existía. No existía antes de que fuera hecho, y él mismo tuvo comienzo en su creación. Porque, según Arrio, sólo existía Dios, y no existían todavía ni el Logos ni la Sabiduría. Luego, cuando quiso crearnos a nosotros, hizo entonces a alguien a quien llamó Logos, Sabiduría e Hijo, a fin de crearnos a nosotros por medio de él. Y dice que existen dos sabidurías: una la cualidad propia de Dios, y la otra el Hijo, que fue hecha por aquella sabiduría, y que sólo en cuanto que participa de ella se llama Sabiduría y Logos. Según él, la Sabiduría existe por la sabiduría, por voluntad del Dios sabio. Asimismo dice que en Dios se da otro Logos fuera del Hijo, y que por participar de él el Hijo se llama él mismo Logos e Hijo por gracia. Es opción particular de esta herejía, manifestada en otros de sus escritos, que existen muchas virtudes, de las cuales una es por naturaleza propia de Dios y eterna; pero Cristo no es la verdadera virtud de Dios, sino que él es también una de las llamadas virtudes—entre las que se cuentan la langosta y la oruga—, aunque no es una simple virtud, sino que se la llama grande. Pero hay otras muchas semejantes al Hijo, y David se refirió a ellas en el salmo llamándole «Señor de las virtudes» (Sal 23, 10). El mismo Logos es por naturaleza, como todas las cosas, mudable, y por su propia voluntad permanece bueno mientras quiere: pero cuando quiere, puede mudar su elección. lo mismo que nosotros, pues es de naturaleza mudable. Precisamente por eso, según Arrio, previendo Dios que iba a permanecer en el bien, le dio de antemano aquella gloria que luego había de conseguir siendo hombre por su virtud. De esta suerte Dios hizo al Logos en un momento dado tal como correspondía a sus obras, que Dios había previsto de antemano. Asimismo se atrevió a decir que el Logos no es Dios verdadero, pues aunque se le llame Dios, no lo es en sentido propio, sino por participación, como todos los demás… Todas las cosas son extrañas y desemejantes a Dios por naturaleza, y así también el Logos es extraño y desemejante en todo con respecto a la esencia y a las propiedades del Padre, pues pertenece a las cosas engendradas, siendo una de ellas… (7).

 

En qué sentido es exaltado el Logos, y nosotros con él.

El Apóstol escribe a los filipenses: “Sentid entre vosotros lo mismo que Jesucristo, el cual siendo Dios por su propia condición… y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Flp 2, 5-11). ¿Qué podia decirse más claro y más explícito? Cristo no pasó de ser menos a ser más, sino al contrario, siendo Dios, tomó la forma de esclavo, y al tomarla no mejoró su condición, sino que se abajó. ¿Dónde se encuentra aquí la supuesta recompensa de su virtud? ¿Qué progreso o qué elevación hay en este abajarse? Si siendo Dios se hizo hombre, y si al bajar de la altura se dice que es exaltado, ¿adónde será exaltado siendo ya Dios? Siendo Dios el Altísimo, es evidente que su Logos es también necesariamente altísimo. ¿Qué mayor exaltación pudo recibir el que ya está en el Padre y es en todo semejante al Padre? No tiene necesidad de ningún incremento, ni es tal como lo imaginan los arrianos. Está escrito que el Logos tuvo antes que abajarse para poder ser exaltado. ¿Qué necesidad tenía de abajarse para conseguir así lo que ya tenía antes? ¿Qué don tenía que recibir el que es dador de todo don?… Esto no es enigma, sino misterio de Dios: «En el principio existía el Logos, y el Logos estaba en Dios, y el Logos era Dios» (Jn 1, 1). Pero luego, este Logos se hizo carne por nuestra causa. Y cuando allí se dice «fue exaltado», se indica no una exaltación de la naturaleza del Logos, puesto que ésta era y es eternamente idéntica con Dios, sino una exaltación de la humanidad. Estas palabras se refieren al Logos ya hecho carne, y con ello está claro que ambas expresiones «se humilló» y «fue exaltado» se refieren al Logos humanado. En el aspecto bajo el que fue humillado, en el mismo podrá ser exaltado, Y si está escrito que «se humilló» con referencia a la encarnación, es evidente que «fue exaltado» también con referencia a la misma. Como hombre tenía necesidad de esta exaltación, a causa de la bajeza de la carne y de la muerte. Siendo imagen del Padre y su Logos inmortal, tomó la forma de esclavo, y como hombre soportó en su propia carne la muerte, para ofrecerse así a sí mismo como ofrenda al Padre en favor nuestro. Y así también, como hombre, está escrito que fue exaltado por nosotros en Cristo, así también todos nosotros en Cristo somos exaltados, y resucitados de entre los muertos y elevados a los cielos «en los que penetró Jesús como precursor nuestro» (Heb 6, 20) (8).

 

Nuestras relaciones con Dios, el Hijo y el Espiritu.

¿Cómo podemos nosotros estar en Dios, y Dios en nosotros? ¿Cómo nosotros formamos una cosa con él? ¿Cómo se distingue el Hijo en cuanto a su naturaleza de nosotros?… Escribe, pues, Juan lo siguiente: «En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espiritu» (1 Jn 4, 13). Asi pues, por el don del Espíritu que se nos ha dado estamos nosotros en él y él en nosotros. Puesto que el Espiritu es de Dios, cuando él viene a nosotros con razón pensamos que al poseer el Espiritu estamos en Dios. Así está Dios en nosotros: no a la manera como el Hijo está en el Padre estamos también nosotros en el Padre, porque el Hijo no participa del Espiritu ni está en el Padre, por medio del Espiritu; ni recibe tampoco el Espiritu: al contrario, más bien lo distribuye a todos. Ni tampoco el Espiritu junta al Logos con el Padre, sino que al contrario, el Espíritu es receptivo con respecto al Logos. El Hijo está en el Padre como su propio Logos y como su propio resplandor: nosotros, en cambio, si no fuera por el Espiritu, somos extraños y estamos alejados de Dios, mientras que por la participación del Espiritu nos religamos a la divinidad. Asi pues, el que nosotros estemos en el Padre no es cosa nuestra, sino del Espiritu que está en nosotros y permanece en nosotros todo el tiempo en que por la confesión (de fe) lo guardamos en nosotros, como dice también Juan: Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios» (I Jn 4, 15). ¿,En qué, pues, nos asemejamos o nos igualamos al Hijo?… Una es la manera como el Hijo está en el Padre, y otra la manera como nosotros estamos en el Padre. Nosotros no seremos jamás como el Hijo, ni el Logos será como nosotros, a no ser que se atrevan a decir… que el Hijo está en el Padre por participación del Espiritu y por merecimiento de sus obras, cosa cuyo solo pensamiento muestra impiedad extrema. Como hemos dicho, es el Logos el que se comunica al Espiritu, y todo lo que el Espiritu tiene, lo tiene del Logos… (9).

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