El Camino. Introducción parte 2. Por Giorgos Metalinos.

A pesar de su giro hacia la voluntad de la persona humana, que prefiere lo que es demoníaco y opuesto a Dios en vez de lo divino y lo verdadero para establecer su existencia, la Caída es, en esencia, un acontecimiento social. La imagen divina dentro del hombre primeramente se destroza, y la personalidad humana se desintegra (“naturaleza humana rebelándose contra sí misma”, dirá característicamente San Máximo el Confesor; PG 196C). Al mismo tiempo, la comunión humana establecida por Dios también se destruye, así como la inmediatez de la comunión entre los humanos y Dios (cf. Génesis 3:8, etc.).

Y sin embargo, aunque esta primera iglesia-comunidad redentora cayó a causa de la Caída del hombre, y también perdió su forma original (“la antigua belleza”), sin embargo no dejó de existir. La comunidad humana de después de la Caída se dividió en dos ríos humanos: uno que siguió el camino de vida sin Dios, y el otro que siguió viviendo, con el “primer evangelio” (Génesis 3:15); en otras palabras, con la promesa de Dios de una salvación “en Cristo”, enraizada en su conciencia. En ese segundo río humano es donde pertenecen Abel y Noe y todos los que preservaron su fe en Dios, viviendo con la “anticipación” (Génesis 49:10) del Redentor y orientando sus vidas en consecuencia.

Así, continuó la existencia y el curso de la Iglesia en el mundo, incluso después de la Caída, en medio de los gentiles que vivían sobre la base de una ley no escrita (conciencia), y los judíos, que observaban la ley moral escrita del Antiguo Testamento. Todas estas almas justas, según los santos padres, pertenecen a un pueblo, el “pueblo de Dios”; a una “ciudad”, a un “reino”, a un “cuerpo”, el de la Iglesia. San Irineo habla característicamente de “dos sinagogas”: la de los judios y la de los gentiles. Así pues, no es inusual percibir en las iglesias ortodoxas la representación de antiguos filósofos entre los santos, porque incluso ya en el siglo II, el apologista y mártir Justino hablo de “cristianos” antes de la Encarnación de Cristo, ya que puesto que eran los únicos que habían vivido “con el Logos” (esto es, con Cristo), “aunque se pensaba que eran ateos”. Realmente contó entre ellos a Heraclio, Platón, Aristóteles y a otros.

La fase final de la iglesia en el mundo (la Encarnación de Cristo – Pentecostés), iba a ser la continuación de la Iglesia pre-cristiana de los justos del Antiguo Testamento, que están diferenciados así del resto de la humanidad, que no vive orientada hacia el “cumplimiento” de las promesas de Dios: Jesús Cristo. El hecho de que Dios eligiera al pueblo de Israel, que no alude a ningún nacionalismo eufórico o a una discriminación en favor del elemento israelita, sino que simplemente indica Su preferencia asignando a los descendientes de Abraham (“semilla”) las etapas preparatorias necesarias para que la humanidad reciba a Cristo, simplemente confirma la presencia de la Iglesia como “el pueblo de Dios”, después de la Caída.

Dios ha elegido a un siervo fiel -Abraham- para ser el “padre de una multitud de naciones”, en quien “todas las naciones de la tierra serán bendecidas” (Génesis 17:1…). En otras palabras, Abraham sería visto como el padre de la “fe”, en cuya persona todos los “fieles” serían bendecidos, ya fueran israelitas o no, mientras siguieran siendo el “pueblo de Dios” y fieles a Su promesa. La fe de ese pueblo es lo que les une a los fieles del Nuevo Testamento; ambos grupos de personas tienen la Persona de Jesús Cristo en su núcleo, que es el punto focal donde ambos coindicen, mediante su fe. Y mientras la fe del primer grupo está basada en el Cristo que aún iba a encarnarse, la fe del segundo grupo está basada en el Cristo “ya encarnado”, que “volverá de nuevo”. Según el bendito Crisóstomo, “todos los que complacieron a Dios antes de que Cristo viniera”, también pertenecen al único “cuerpo” de Su Iglesia, porque “también apreciaron a Cristo”, esto es, igualmente Le reconocieron (PG 62, 75). La celebración ortodoxa de los santos Antepasados, desde Adán hasta San José, el desposado de la Theotokos, expresa esta precisa verdad.

c)La encarnación del Logos eterno de Dios -Jesús Cristo-, marca la tercera fase del curso terrestre de la Iglesia. Lo que la humanidad perdió en el primer Adán, esto es, el potencial para permanecer en comunión eterna con Dios, es logrado por el “segundo Adán”, Cristo (San Ireneo). En lugar del primer paraíso terrestre, viene otro, uno celestial: Cristo. Así pues, la comunión con Dios se lleva a cabo, no fuera de Dios, sino en Dios mismo, en Cristo y por medio de Cristo. Es en Cristo en quien se consuma el renacimiento y la renovación de la humanidad y el mundo -la “recapitulación” de todo- en otras palabras, su unión con Dios (Efesios 1:10), y su salvación. El cuerpo de Cristo es el nuevo Paraíso, porque en él es donde el cuerpo de la humanidad y el  mundo son unidos y salvados. El Cuerpo de Cristo es de hecho la Iglesia; es la comunidad de la zeosis-deificación y de la redención. Así, del mismo modo que Cristo es algo enteramente nuevo para el mundo, así lo es Su Iglesia. Es una nueva realidad temporal, una magnitud enteramente nueva, una comunidad divino-humana.

Cristo salva y regenera a la Iglesia que ha sido “plantada” en la tierra desde el  principio del mundo, uniendose místicamente a la Iglesia y convirtiéndose en la Cabeza de la Iglesia (Efesios 1:22-23). La completa obra salvadora de Cristo (Encarnación, enseñanza, crucifixión, Resurrección), aspiraba a la salvación ontológica de la Iglesia y a la seguridad del potencial de salvación para cada existencia. La Iglesia del Antiguo Testamento se perpetúa por tanto tras la Encarnación de Cristo, así como la Iglesia del Nuevo Testamento, que ahora es el Cuerpo de Cristo, al que todo está invitado a unirse, para encontrar la salvación.

En su deseo de especificar con la mayor precisión posible el momento exacto en el que fue establecida por Cristo la Iglesia del Nuevo Testamento, los santos padres coinciden que su núcleo primario está situado en el llamamiento de los doce apóstoles y discípulos, que se convirtieron así en los fundamentos de la Iglesia (Efesios 2:20). Sus fundamentos históricos fueron puestos con la crucifixión de Cristo, con Su sufrimiento, porque es con Su Sangre con la que la Iglesia se alimenta (Crisóstomo, PG 51, 229). Sin embargo, la presencia de la Iglesia en el mundo fue activada el día de Pentecostés, que es Su fecha real de nacimiento -el momento de Su aparición oficial en la Historia. Con el Espíritu Santo -que fue otorgado al mundo el día de Pentecostés- la presencia de Cristo se perpetúa en el mundo, por la Iglesia como Su Cuerpo. Según P. Evdokimov, “la iglesia se alimenta, como un lago, por la continua fuente de la Última Cena, pero también por la lluvia de la Gracia, el perpetuo Pentecostés”.

Así, la Iglesia no es sólo el Cuerpo de Cristo, sino también un constante Pentecostés, porque se “constituye” como un establecimiento sobre la tierra mediante el incesante aliento del Espíritu Santo. De esta forma, uno puede percibir porqué la Iglesia -aun la terrestre- no deja de ser algo celestial. Vive en el mundo, pero no es “de este mundo” (=temporal, Juan 17:16), porque es una comunidad divina, en las personas de Sus santos, naturalmente. Tiene a Cristo como Su cabeza, mientras que Su alma y su poder motriz es el Espíritu Santo. “La Iglesia es el desbordamiento de lo terrestre en lo celestial”. Por eso, la Iglesia no puede estar relacionada con ninguna persona mundana, por ejemplo un sacerdote, un patriarca o un obispo. Cualquiera que sea el ministerio que las personas puedan tener dentro de la Iglesia, aun así son miembros ordinarios del Cuerpo de Cristo. Cristo es el eterno y único “líder” (cf. Hebreos 12:2) de Su Cuerpo. Por lo tanto, mediante un uso erróneo del término, uno puede confinar la palabra “Iglesia” para significar la jerarquía, porque la Iglesia es la comunión de todos los que están unidos con Cristo, tanto el clero como los laicos; Ella es el cuerpo del Señor, el pueblo de Dios, la comunidad de la Gracia.

Cristo, la Cabeza de la Iglesia, es quien también determina la obra (misión) de la Iglesia como Su Cuerpo. La obra de salvación en Cristo se continúa en el mundo mediante la Iglesia, haciendo subjetiva y personalmente, de cada persona, un participante de la salvación “en Cristo”. En otras palabras. Cristo salva continuamente al mundo, mediante Su Iglesia. Esto indica cuán significativa es la Iglesia en el curso del mundo -en su Historia- y eso es lo que el bienaventurado Agustín quiso decir cuando dijo que la Iglesia es “Cristo, perpetuado por los siglos”. La Iglesia continua perpetuando la obra redentora de Cristo, porque Ella es la que continúa Su triple obra: la del Sumo Sacerdote, la del Profeta (maestro), y la de Rey. Importantes padres como San Cirpiano (PL 3:1169, 4:502) proclamarán que la salvación no existe fuera de la Iglesia. Los que están familiarizados con la naturaleza de la Iglesia no ven ninguna exageración en esta declaración. Por eso sólo en la Iglesia puede regenerarse la humanidad, estar unida a Cristo -La Verdad- y vivir la verdad. Además, sólo mediante la unión con Cristo -que tiene lugar en los Sacramentos (Misterios) de la Iglesia- la naturaleza perecedera de la humanidad puede unirse a la naturaleza imperecedera y eterna, y deificarse; esto es, participar de la vida eterna de Dios.

Sin embargo, esta es la forma en la que se define la razón para la existencia de la Iglesia (Su propósito en el mundo). La Iglesia, como Reino de Dios, se convierte en el terreno espiritual en el que la gente puede reintegrarse en la comunión con Dios. La Iglesia se convierte en la levadura del mundo (cf. Juan 14:16, 25) para la transformación del mundo en Cristo. Su propósito es la “cristificación” y la “eclesialización” del mundo; su transformación en una “nueva creación” (Gálatas 6:15). Con la Encarnación de Su Hijo, todo recibe la invitación de Dios para “eclesializarse”, esto es, para convertirse en Cuerpo de Cristo. Por eso la Iglesia se convierte en el centro del universo, el lugar donde la salvación de la humanidad se decide y se juzga. Es donde tiene lugar nuestra zeosis-deificación, aquí y ahora (en lugar y tiempo). Según San Clemente de Alejandría “el deseo (de Cristo) es la salvación de la humanidad, y este deseo es llamado Iglesia” (PG, 8, 281). Por eso Cristo proveyó a Su Iglesia en la tierra con todo lo necesario para que cumpliera Su obra de salvación. Además, según el apóstol San Pablo, la Iglesia es el instrumento dado por Dios para la salvación del hombre, ya que Su propósito es “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12). Por lo tanto, con la Iglesia, surge un “nuevo reino” -el reino de Dios-  por todo el mundo y se hace realidad un nuevo gobierno -el gobierno de Dios-. Lo que sólo fue una visión para el profeta Isaías (cap. 6), o una “utopía” para Platón (La República), se convierte en una realidad universal en Cristo.

Traducido por psaltir Nektario Balderas

cristoesortodoxo.com



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